Ya no hablas. Empezaste a no encontrar las palabras para decir lo que querías decir y hoy ya no dices nada. Ya no gritas, porque ya no te das cuenta de nada. Atrás quedan los meses en los que te rebelabas porque sabías que algo pasaba. Porque recordabas cosas de cuando eras niña y, sin embargo, no sabías volver sola a casa.

Ya no puedes vivir sola. Lloraste durante días cuando llegaste a la residencia. No comprendías pero sufrías. El sufrimiento se apagó porque te rendiste a la suerte de los días y parecía que disfrutabas saliendo al jardín. Allí te sentabas en aquel banco donde daba la sombra por las tardes.

Ya no miras nada. Perdiste la mirada mientras te entretenías dando vueltas al hilo alrededor del botón de tu blusa. En el comedor, sentada en ese sofá azul con los ojos hacia la ventana, doblabas y desdoblabas el pañuelo.

 

Ya no recuerdas nada. Ni a nadie. Pero no te olvidaste de rodear el botón con el hilo, ni de doblar, siempre igual, el pañuelo. Si no tenías hilo o pañuelo, te bastaba el pliegue de tu falda para convertirlo en tu juego y mi obsesión.

Ya no te vistes. Siempre te gustó la ropa y combinarla con tus pendientes y tus collares. Si te vieras ahora… No podías llevar el pelo mal arreglado y tus bucles ceniza de siempre son hoy madejas blancas peinadas sin gracia. Menos mal que tus ojos, siempre vivos, están aún despiertos, aunque perdidos.

Ya no sabes ir al baño y te arrancas los pañales porque sudas, porque te irritan la piel y el carácter. Porque no sabes decírnoslo pero estás harta. Y no entiendes que los necesitas y haces lo que quieres y por donde quieres y te pones perdida y luego lloras, como arrepentida.

Ya no comes. No sabes llevarte la cuchara a la boca, ni si es cuchara o tenedor lo que te hace falta. Y un día ya no masticas, ya no tragas. Y hay que ponerte una vía para alimentarte y te la quitas y te haces sangre. Y tienen que atarte a la cama y, como tiras, te haces heridas en las muñecas y luego te escuecen y te las miras y nos miras.

Ya no andas. Eres hueso y pellejo blanco. Siempre fuiste blanca y preciosa. Ya no protestas cuando te manejan a su antojo. Te quedas quieta, encogida, en esa silla tan grande para ti. Y así un día tras otro.

Ya no estás. Eres pero no estás. Y quisiera de corazón que ya no estuvieras.

Sonia es Directora de Comunicación y Márketing en Escuela Europea de Coaching, Executive Coach por EEC y Licenciada en Ciencias de la Información, Periodismo.