Un día llegó a mí esta frase: “¿De qué murió? Se asfixió con las palabras que nunca dijo”. Y me dio qué pensar.

¿Cuánto perdemos por no “hablar”?, ¿por no decir? ¿Cuántas conversaciones con otros no tenemos y solo las reproducimos en nuestra mente?

Vivimos la conversación como si estuviese sucediendo, desencadenando las emociones como si estuviésemos conversando. Todo lo que guardo se acumula, las palabras y las emociones. Mis emociones se amontonan, se enmarañan, se confunden, se consolidan, se convierten en un grito mudo… hay que dejarlas salir, hay que darles voz.

“Llamar al pan pan y al vino vino”. “Más vale una vez rojo que 20 colorao”. Decir lo que quiero, decir haciendo gala de la asertividad necesaria para respetar y no herir al otro, es una forma de lealtad hacia uno mismo y, como escribió Vicente Aleixandre, “ser leal a uno mismo, es el único modo de ser leal a los demás”.

¿Qué es lo que trato de evitar cuando callo mi opinión? ¿Para qué no la doy?

La fortaleza, la templanza, la prudencia y la justicia son las cuatro virtudes clásicas que, sin duda, nos ayudarán a tener conversaciones productivas y generadoras de vínculos. A no dejar heridas abiertas, a no generar asignaturas pendientes, a no mantenernos anclados en el pasado.

El caso es que seguramente por “no decir”, no solo perdemos nosotros sino que también pierden los demás. El feedback es la posibilidad que tenemos de ver desde nuestra ceguera y necesitamos recibir feedback. Por lo tanto, si no lo damos también estamos robando a otros la posibilidad de aprender o de consolidar lo que les está funcionando. Claro, no hablo solo de dar feedback sobre las áreas de mejora, sino también sobre las fortalezas. Se trata de entrenar la oportunidad de conversar.

Utilidad de las habilidades conversacionales

Es necesario que tomemos consciencia de los actos del habla (afirmaciones, juicios, peticiones, ofertas y declaraciones) que tenemos a nuestro alcance y que hagamos uso de ellos.

Si no pedimos, si no ofrecemos, no podremos llegar a concretar compromisos; las promesas y las palabras están íntimamente unidas. Desde el punto de vista de desarrollo, dar la palabra y mantenerla ha sido muy favorable para el ser humano, ha sido la base para generar vínculos de confianza y de cooperación. Como ejemplo, expresiones como “lo prometido es deuda” y  “te doy mi palabra”.

Las promesas, las declaraciones mantenidas dentro de los sistemas (la familia, la empresa) sirven para consolidar la confianza y el respeto hacia los demás.
Hay estudios que muestran que cuando uno decide no cumplir lo prometido (tiene una conversación privada que no comparte) hay determinadas áreas cerebrales que se activan: las áreas “del conflicto emocional”. La otra persona tal vez no sabe que no pienso cumplir mi promesa, pero yo sí lo sé y el efecto emocional es directo e inmediato: esa emoción permanece en mí. Entonces, ¿no será mejor decir que no cuando pienso que no, en lugar de decir sí, y viceversa?

Para poder sentirnos libres para expresar nuestros pensamientos necesitamos estar en un contexto de confianza. Para generar confianza es necesario que hablemos, que generemos promesas (¡y que las cumplamos o las renegociemos!).

Al final, expresarnos es, sí o sí el camino. 

En este contexto, el de la confianza, podremos sentirnos seguros de decir aquello que pensamos, de no callar lo que conversamos en silencio, de no dejar que un montón de palabras nos asfixien.

Montse es Responsable de Escuela Europea de Coaching en la Comunidad Valenciana.

Como Executive Coach PCC por ICF. trabaja como formadora, entre otros, en el programa de Certificación en Coaching y coaching de equipos de EEC, así como en proyectos en empresa. Además es Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona con Master en Dirección de RRHH, Dirección y Gestión de Equipos alto rendimiento.