Por Pedro Gómez, en su blog El astrolabio de Azarquiel 

Realmente, la pregunta sería la siguiente ¿nuestros genes nos condicionan o nos determinan? Ciertamente la pregunta tiene su intríngulis y es de enorme interés (siempre lo ha sido desde que la genética dejó su infancia y entró en una edad más madura). Es por eso por lo que este pasado fin de semana asistí a un estupendo curso titulado “La biología del cambio de observador” impartido por el químico y coach Francisco Javier Junquera.

Estructura del ADN en una célula eucariota (Fuente: Wikipedia , Autor: KES47)
 
De todos es conocido que un pensamiento negativo o una actitud no muy positiva con la vida, influye en nuestro estado de ánimo. Pero ahora mismo, la ciencia va un paso más allá. Existen poderosos indicios y ciertas evidencias de que nuestros pensamientos y nuestras creencias tienen un efecto directo (tanto positivo como negativo) sobre nuestra biología. Todos hemos escuchado alguna vez el caso de alguien que ha pasado algún trauma o una mala experiencia en la vida y al poco tiempo ha desarrollado una enfermedad o una dolencia (es lo que los psiquiatras llaman trastorno de somatización). Estas personas irán de un médico a otro sin parar, tratando de encontrar las causas de sus males, cuando el origen realmente es de su propia mente.

Todo esto nos lleva a una antigua polémica filosófica que tuvo su auge en el siglo XVII con los racionalistas. ¿Están el cuerpo y la mente unidos? ¿Son la misma cosa que se nos representan de distinta forma? En esta cuestión existían dos líneas de pensamiento: la de René Descartes, que separaba tajantemente el cuerpo del alma (incluso determinó que el alma residía en la glándula pineal del cerebro) y la de Baruch Spinoza, para el que ambos entes estaban íntimamente ligados y cada uno influía en el otro (en su célebre frase Deus sive Natura, identifica a Dios y a la Naturaleza como algo equivalente).
 

Retrato de René Descartes, por Frans Hals

 

La ciencia está demostrando que, en este caso, a pesar de la genialidad de Descartes, Spinoza tenía razón, como dice el neurólogo portugués António Damásio. Nuestras emociones trascienden y se expresan directamente en nuestra biología. Ahí tenemos, por ejemplo, la producción de endorfinas por un lado (esos opiáceos endógenos que de vez en cuando segrega la glándula pituitaria y el hipotálamo y que hace que nos sintamos en la gloria) o la de adrenalina y cortisol (esas hormonas que hacen que nos sintamos estresados y acelerados, y por tanto mal).

 

Retrato de Baruch Spinoza, de autor anónimo

 

Y con esto llegamos a un tema crucial y es que el entorno influye, no ya solo en la segregación endógena de ciertas sustancias, sino en la propia genética. Esto es lo que se estudia últimamente en la nueva disciplina llamada Epigenética. Las emociones, el estrés, la nutrición, la contaminación, etc., pueden modificar los genes sin alterar su configuración básica.


Si estos genes alterados de la línea somática (en una palabra, la mayoría de células de nuestro cuerpo) llegan, en un momento dado, a la línea germinal (nuestros gametos), podrían ser incluso transmitidos a nuestros futuros descendientes.
Esta última afirmación no está exenta de polémica, ya que no se han encontrado todavía las suficientes evidencias de que esto esté ocurriendo. Se trataría de un nuevo lamarckismo de cambios genéticos inducidos por el medio ambiente al que todavía sigue un tanto reacia la comunidad científica. Afortunadamente, la ciencia es algo que se escribe por capítulos y cada capítulo nuevo puede borrar o modificar el anterior.

Por tanto, el avance de la Epigenética es algo imparable. Ya hay estudios que indican que los achaques de un importante número de pacientes de cáncer se deben más a alteraciones epigéneticas que a genes defectuosos heredados de sus ancestros.

Entre los factores epigenéticos más poderosos se encuentra la energía de nuestros pensamientos, la cual puede activar o inhibir la producción de proteínas mediante interferencia constructiva o destructiva del ADN (por ejemplo mediante un proceso bioquímico sobre la citosina llamado metilación, que puede hacer que ciertos genes no se expresen o lo hagan de otra forma). Atentos todos a lo que he dicho: la energía de nuestros pensamientos. He aquí el punto clave de la cuestión. ¡¡¡ Nuestros propios pensamientos pueden cambiar la expresión de nuestros genes y esto tiene un efecto directo sobre nuestro cuerpo ¡¡¡

Estructura tridimensional de la doble hélice del ADN (Fuente: Wikipedia, Autor: Richard Wheeler) 

 

Según lo dicho ¿podemos cambiar entonces nuestra biología con nuestros pensamientos? La respuesta es un SI rotundo. Respondiendo a la pregunta del principio, nuestros genes nos condicionan pero no nos determinan. Tenemos un cierto control y eso significa libertad de elección. Podemos elegir estar mejor, tanto anímica como físicamente, cambiando nuestro punto de vista de lo que nos preocupa. Está en nuestras manos.

Esto es lo que lo que significa la Biología del cambio de observador. Estamos ante un nuevo paradigma científico complementario a la medicina tradicional (la cual debe seguir existiendo, por supuesto), y al que se van uniendo cada vez más científicos sensibles con el problema.

 

Asistentes al curso de Biología del cambio de observador, con Kiko Junquera

 

Para el filósofo y bioquímico Ken Wilber, se trataría de respetar lo que él llama Gran Cadena del Ser (Materia – Cuerpo – Mente – Alma y Espíritu). Parafraseándole, es preciso darse cuenta de que “es importante utilizar un procedimiento congruente con el mismo nivel en el que el problema se manifiesta“. Y esto lo saben muy bien los coaches que se dedican al tema de salud: se centran en la persona y no en la enfermedad.a

[Gracias Pedro Gómez por compartir con nosotros tu post del blog El astrolabio de Azarquiel.]
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