Por Patxi Rocha del Cura, coach y formador en EEC

Hace unos días en la jornada que dedicamos a las Emociones en la Certificación de Executive Coaching de la EEC, recordaba que en todas las librerías del mundo existe hoy un día una sección rotulada cómo Autoayuda: en ella, cientos de libros, con más o menos fortuna, nos sugieren cómo relacionarnos en el trabajo, cómo comunicarnos mejor, cómo solucionar conflictos, cómo gestionar el estrés… Todos ellos comparten un mínimo común denominador: el manejo solvente de nuestras emociones.

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Las emociones han adquirido un nuevo papel cultural: ya no pensamos como en la Grecia clásica que “las pasiones” como el amor o el odio son puestas en nuestra alma por los dioses del Olimpo, tal y como  decía Homero en “La Ilíada” al preguntarse qué dios había puesto la cólera en el alma de Aquiles. Tampoco creemos ya como en la tradición judeo-cristiana que las emociones, aun viniendo de nuestro  interior, tengan un sentido pecaminoso, y hayan de ser reprimidas para evitar sus efectos negativos. Ni siquiera nos adscribimos al modelo cartesiano de la Ilustración  que organizaba la vida social desde la razón, y en el que las emociones eran el polo opuesto, algo a evitar, lo “irracional”.

Hoy ya no pensamos como Descartes, “pienso, luego existo” sino más bien, “siento, luego existo”: y es que creemos que las emociones adecuadamente interpretadas y gestionadas  puede ser una guía efectiva para orientar nuestras decisiones y nuestro comportamiento. Todas las emociones son necesarias: no comparto esa distinción bastante extendida entre emociones buenas y emociones malas. “¿Y la rabia?” – me preguntó un participante-. “Yo,  como esa vieja milonga, añadió-,  soy como baldosa que se mueve, salpico si me ponés el pie encima…”. “Las emociones- le contesté– nos predisponen para un tipo de acción: en el caso de la rabia o el enojo, el organismo aumenta el flujo de sangre a las manos, aumenta el ritmo cardíaco y la adrenalina; la rabia nos permitió en otros tiempos empuñar un arma o golpear a un enemigo, y hoy en día defender tu territorio, tus ideas, a los tuyos… El problema no es sentir rabia, sino qué hacer con la rabia, y esto se puede aprender y entrenar…

¿Y la tristeza? –me interpeló otra persona desde la última fila-. ¿Cómo puedes decir que es necesario, adecuado, sentir tristeza? Le contesté, siguiendo a Goleman, que la función de la tristeza es asimilar y digerir una pérdida irreparable, y que por eso disminuye la energía del organismo y se enlentece el organismo, y que ese encierro introspectivo nos brinda la oportunidad de llorar una pérdida. Que no nos deprimimos por estar de duelo, sino que nos deprimimos por no hacer el duelo.

Le podría haber respondido menos académicamente días después, cuando asistí al funeral por el  fallecimiento del padre de un amigo. En la parroquia donde se celebraba la ceremonia se daba la cruel paradoja de que al tiempo que acompañábamos el dolor de nuestro amigo y de su familia, llegan el estruendo amortiguado de la música procedente de unas barracas cercanas. Me acordé de mi padre fallecido y pude entender el desgarro por el que pasaba aquella familia. Pero también entendí que la tristeza nos devuelve humanos, nos coloca en nuestro sitio de seres grandiosos, desvalidos y desmemoriados, que necesitamos del duelo para entender dónde está lo importante y cuán descuidado lo tenemos.

Necesitamos de la tristeza, aunque el tránsito a través de ella sea en ocasiones muy doloroso, para poder pararnos en medio de tanto ruido, y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestras vidas. Necesitamos de la tristeza para pensar por qué no hacemos esa llamada que vamos demorando. Necesitamos reconocernos tristes para poder volver a la alegría: el ajá está muy cerca del ja ja.

 

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