Por Rosa Barriuso, coach PCC, formadora y coach en la EEC.

El pasado verano, a petición de mi hija, decidí emplear mis vacaciones en ir a un voluntariado a India. Siento la necesidad de hablar de mi vivencia, por si mis aprendizajes de esos días, pueden servir para provocaros alguna reflexión de utilidad, a mí me acompañaran siempre.

Cuando empecé a compartir con amigos y familiares mi plan de ir allí, me encontré en especial, tres posturas, “yo fui y no pienso volver” “yo fui y me cambió la vida” “yo fui y me quedé” Además hubo un coachee (yo aprendo mucho de mis clientes) que me dijo, “Si vas, ve sin juicio, no quieras cambiar nada de allí” (es curioso que mi coachee me recordase esta máxima de mi profesión). Este consejo lo tuve muy presente en mi viaje y me permitió entender el porqué de esas tres posturas.

La primera es de aquellos turistas que van a India y no dejan de verla desde una mirada occidental, donde nada encaja y sólo se perciben las diferencias. Esa comparativa siempre es a peor, y así, no me extraña que no quieran volver. Los segundos son los viajeros que pueden mirar sin juicio, sin comparar y captan la gran enseñanza que las personas de allí nos pueden aportar. La tercera postura es de los valientes que deciden dejarse seducir y permitir que la India forme parte de sus vidas y entonces volver a Occidente no tiene ya sentido para ellos.

rosa barriuso india

He de confesaros que yo llegué como turista, me volví viajera pero no he logrado tener la valentía de quedarme en un lugar, que me sedujo, y con unas personas de las que me enamoré. Sigo teniendo en mi retina grabadas sus sonrisas, sus ojos, y sobre todo, lo que había detrás de ellos. Espero que nunca se borren ni de mi memoria ni de mi alma. Todo esto supuso mi primer aprendizaje, que fue, no enjuiciar “de verdad” y teniendo en cuenta nuestras costumbres y valores, lograrlo allí es un verdadero reto.

Una vez superado este primer gran obstáculo de no pretender entender sino sólo aceptar esa cultura, el resto de aprendizajes me fueron llegando como caen las piezas de un domino colocadas en cadena. Mientras estaba allí todo transcurría en el día a día, sin tiempo para pensar, sólo sentir y vivir. Ese vivir tenía una intensidad tal, que no había espacio para ayer o mañana, a pesar de que el ritmo de todo es pausado.

Mi paciencia no estaba preparada para entender que las cosas ocurren cuando han de ocurrir. Esto fue un gran reto de Aceptación y lo escribo con mayúscula a propósito, porque es una aceptación más limpia de la que nunca he experimentado.

Paciencia para no forzar los acontecimientos y confiar.

Ahora cuando escribo esto recuerdo lo que ICF propone en sus competencias, confianza en el coach, en el coachee y en el proceso. Vivir desde esta máxima deja el tiempo en un segundo lugar y confiere todo el valor a las personas y a la vida. El tiempo pasa a ser el espacio en el que ocurren cosas, y son éstas las importantes, y no el tiempo invertido en ellas.

Ahora cuando vuelvo a mi día a día y escucho, “date prisa que no tengo tiempo”, como os podéis imaginar, me surge dentro una sonrisita y una reflexión: ¿en qué invierto mi tiempo?, ¿decido yo sobre él? Y más aún mientras lo “gasto”. ¿Soy consciente de que es mi propia vida la que transcurre en él?

Otro gran aprendizaje, confiar en mí, en las personas, en la vida, y poder así disfrutar de una sensación poco habitual de no tener que controlar más allá de lo que vivo en ese momento. Por poneros el ejemplo menos trascendente de esto, para llegar al colegio desde la casa de voluntariado, Ramesh nos tenía que llevar en su mini-moto. Íbamos mi hija, Ramesh y yo además de los 40 kilos de verduras o de una alfombra para la clase, o de lo que hubiese que transportar. A esto se sumaba un camino no asfaltado y el monzón que todo lo embarraba. Por supuesto sin cascos.

Yo sólo podía hacerme cargo de agarrarme fuerte a Ramesh y de pedir a mi hija que se agarrase fuerte a mí. Cuando pude dejar de pretender conducir por Ramesh y decirle lo que sí y lo que no y confíe en su destreza (siempre hubiese podido decidir no subirme a la moto, pero un día decidí hacerlo y confiar), pude entonces percibir el impresionante paisaje de arrozales salpicados de saris de colores. Empecé a disfrutar del viaje y a reírme de lo que antes me causaba pánico. Este paso implicó una elección, y me permití cerrar los ojos y dar el paso. Pude experimentar la sensación de fluir y la liviandad y el disfrute que proporciona.

Otra vivencia que agrandó mi mirada fue, la verdadera dimensión de poner el foco en las personas. Creo que en nuestra sociedad todo ha de ser definido como productivo. Cuantas veces escucho, “no puedo estar sin hacer nada, me siento inútil”. Allí no importaban los silencios, los espacios vacíos, todo era debatido y decidido por personas y para las personas, la conversación era más importante que el tiempo y esto generaba un elevado nivel de vínculo entre ellos.

¿Cuándo fue la última vez que tuviste una conversación con alguien sin límite de tiempo?

Conceder al otro todo el tiempo, es dejar que la relación empape la vida. Estar ahí con el otro sin límites, permaneciendo, porque no enjuiciaba, confiaba y no había prisa, fue para mí una sensación nueva que llenaba mi pecho de emoción. Yo no daba mi tiempo, yo vivía mi tiempo con esa persona que estaba a mi lado y que quizá no volvería a ver jamás.

Y entonces, sólo después de superar estas limitaciones puede llegar al gran aprendizaje que para mí supuso estar allí, “Ver y ser visto”

Cuando te mira un hindú, te ve. Puedes esquivar su mirada, por reparo a que se entere de quién eres en realidad, pero tu huida no evita que te “Vea”. Es curiosa esa sensación, cuando alguien sólo con su mirada ya sabe quién eres. Y no es porque conozcan tu currículo o porque tu apariencia les lleve a saberlo, es porque te miran y ven tu alma. Cuando puedes entender esto y dejas de esconderte entonces ocurre la magia que va más allá de los idiomas, que permite conectar con las personas desde un lenguaje universal.

Lo curioso es que llega un momento en que no me importó que me vieran por dentro, porque lo que nunca vi fue una opinión sobre lo que veían.

Cómo extraño ahora esas miradas. Siento que allí fui querida sin condiciones, sin peros, y en esto, me siento todavía una aprendiz.

Esto no es más que una pequeña muestra de  lo que las personas de India me enseñaron. Me siento en deuda con ellos, por este gran regalo, y siento que mi limitación al narrar mi vivencia no termine de mostraros la grandeza de mis aprendizajes, siempre podríais ir y vivirlo por vosotros mismos. Os paso la web de Bodhi Tree school por si la curiosidad os puede.

Coach y formadora en los Programas de Certificación en coaching ejecutivo y Coaching de Equipos. Como especialista en coaching de adolescentes ha diseñado el programa Especialización en coaching con adolescentes y familia y el grupo de investigación GICAF.