Por Rosa Mª Barriuso, executive coach por EEC, PCC por ICF

  • “Mi coachee no avanza, estamos en un círculo vicioso”
  • “Mi coachee me aburre”.
  • “Me pide consejos, ¿se los doy?”.
  • “Tengo un coachee con un hijo adolescente, y tiene los mismos problemas que yo con el mío ¿Podré acompañarle?”. 

Las preguntas que me plantean mis compañeros coaches cuando actúo como supervisora, me hacen preguntarme si es necesario contar en nuestra profesión con la figura del supervisor. Es cierto que la profesionalidad y las horas de “vuelo” nos van ayudando a ser más conscientes de lo que vamos experimentando pero mal supervisora sería si, como coach, no entendiera que yo también necesito supervisión.  

En la intervención de coaching se indagan emociones, modelos interpretativos, creencias y valores, por lo que siempre, algo de lo abordado toca o resuena con el propio planteamiento del coach. En mi caso, siempre tengo la suerte de encontrarme con un coachee que evidencia mi necesidad de seguir creciendo, porque desvela algo en mí que todavía está por afianzar.

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Y aquí es donde entra el inestimable papel del supervisor. Su función puede ser de mentoring y podemos buscar en él ese consejo, herramienta de acción para poder solucionar temas de acción. Sin embargo, entiendo imprescindible su papel cuando mi necesidad tiene que ver “con lo que a mí me pasa” con el trabajo que está haciendo el coachee, cuando percibo que el trabajo de mi cliente está siendo dificultado por algo que a mí me pasa con los temas trabajados. 

También he visto estas dificultades como supervisora. Se me han planteado supervisiones en las que el compañero coach proponía mantener mayor distancia con ese caso frente al cual se sentía más conmovido o embargado. Desde mi punto de vista, esta opción es una huída de la situación, porque no ayuda a que el coach se fortalezca en su función, si no que sostiene un área pendiente de resolver o desarrollar. En otras ocasiones, este tipo de situaciones se plantean desde la impotencia: “no soy capaz de hacer evolucionar a mi coachee”, “siento que está en un punto muerto”. Cuesta trabajo acompañar al coachee a encontrar alternativas, si el propio coach está en la misma encrucijada.

También recuerdo alguna ocasión en que el coach me decía, “bueno pero si esto mío no lo quiero tocar, porque me supone un coste que ahora no quiero pagar, esto no impide que pueda seguir con mi profesión”. En estos casos, lo que se mantenía era una clara ceguera frente a las pistas que daba el coachee, de por dónde podía ir la posibilidad de desarrollo, y que al coach se le escapaban. ¿Si un coach no está preparado para abordar lo suyo, cómo va a poder sostener la incomodidad que a su coachee le pueda suponer esa opción?

La posibilidad de que un coach reciba supervisión periódica es una opción libre de cada profesional, y también lo es, el formato. En mi opinión, mi responsabilidad en el acompañamiento de otras personas en su crecimiento pasa por la creencia de que yo sigo necesitando crecer también, para poder poner este crecimiento al servicio de mi profesión.

 

 

Coach y formadora en los Programas de Certificación en coaching ejecutivo y Coaching de Equipos. Como especialista en coaching de adolescentes ha diseñado el programa Especialización en coaching con adolescentes y familia y el grupo de investigación GICAF.