A veces ser transparente y honesto con uno mismo se convierte en un auténtico y retador desafío.

De forma cotidiana nos encontramos en situaciones, tanto en el ámbito profesional como en el personal, que nos plantean la dicotomía de responder con un “sí” o con un “no”. Nos pasa cuando tenemos que dar respuesta a una petición, a un ofrecimiento, a un reclamo, o incluso, a una actitud de nuestros jefes, colaboradores, clientes, proveedores, hijos, amigos, padres, hermanos o vecinos… En definitiva, de personas que nos encontramos a lo largo de nuestro camino de vida.

En algunas ocasiones las afrontamos con cierta dificultad, e incluso, con algo de tensión interna si nuestra mente nos habla y nos cuestiona: ¿vas a decir “sí” o vas decir “no”? Aquí es dónde abrimos paso a un dilema que conseguiremos resolver con éxito si echamos mano de una dosis de valentía de las reservas de valentía que dispongamos.

Ser uno mismo y solamente uno

Podemos entender la honestidad como una cualidad inherente al ser humano que consiste en actuar de acuerdo a como se piensa y se siente; a estar en coherencia, en paz y en armonía con uno mismo sintiendo la integración de la mente y el corazón; siendo uno y no dos.

Desde esa mirada, cuando ante una petición, reclamo u oferta de alguien de nuestro entorno “decimos sí” mientras escuchamos un “di no” de una vocecita en el fondo de nuestro ser, entonces estamos siendo víctimas de la manipulación de nuestro ego. Entramos en ese instante en falta de coherencia con nosotros mismos, generando emociones que nos alejan de la paz y el bienestar emocional. Solo si soy consciente de ello, puedo libre y responsablemente volver a entrar en coherencia y elegir la respuesta “sí o no” que quiero dar.

Nuestra consciencia es nuestra libertad. Cuando nuestro modo automático es decir sí y empezamos a decir no, nos abrimos a un mundo desconocido que nos impulsa a ampliar la zona de confort en la que estamos instalados.

Hay un factor que pesa considerablemente y es atrevernos a decir no en un entorno en el que la mayoría dice o diría sí. En estos contextos decir no puede resultar un peso pesado para nuestro cuerpo, mente y alma.

Culpabilidad y legitimidad

Uno de nuestros aprendizajes, está en poder decir “no” y no sentirnos culpables, manteniendo intactos los lazos afectivos con esas personas a las que les decimos “no”. Para que esto ocurra, necesitamos creer que tan legítimo es decir sí como decir no. Y desde esa creencia y soltando el temor a ser juzgados, expresar lo que pensamos y sentimos teniendo en cuenta nuestras necesidades y sentimientos y las de los demás.

Decir sí cuando queremos decir no o, vicerversa, puede generar insatisfacción personal, minar nuestra capacidad de autoestima e, incluso, potenciar nuestro nivel de estrés improductivo.

Es importante, por tanto, desarrollar la habilidad de expresar nuestras elecciones de forma honesta y transparente; estar en contacto con nuestra voz interior, potenciar la asertividad y cambiar aquellas creencias sociales que nos hacen entender el acto de poner límites a través del “no” la actitud de una persona tirana, insensible y soberbia.

Nos resultará más fácil decir “no” si pensamos en las razones del “no” y reconocemos nuestra capacidad de manifestarlo sin molestar a los demás. El hecho de pensar el “no” es un acto que surge de nuestra libertad, conlleva una reflexión y ponderación entre los costes y beneficios de esa declaración del “no”. Y para que esto ocurra, previamente hemos contemplado el “sí” afirmativo como una posibilidad. Declarar un NO responsable parte de la premisa de haber valorado la Posibilidad de un SÍ, de haber tenido la valentía y el coraje de imaginar que ocurriría si dijera “sí”.

Cuidando nuestros valores

Ser fiel a lo que pensamos y sentimos, nos hace seres únicos y no tiene porqué suponer un alejamiento de los demás. A lo largo de nuestra vida afrontamos noes y síes, y ellos nos definen.

Al decir “no” establecemos límites, fronteras, nos afirmamos y mostramos lo que verdaderamente nos importa. Decir “no” a alguna cosa es decir “sí”a otra. Nuestros valores están implícitos en cada una de nuestras declaraciones. Por ese motivo, cuando la mente nos dice “no” y el corazón “sí” o, a la inversa, la cabeza “sí” cuando el corazón dice “no”, pueden entrar en conflicto algunos de nuestros valores más esenciales, generando una cierta incomodidad en nuestro foro interno.

¿Por qué decimos sí, cuando queremos decir “no”?

¿Cuál es la emoción que empuja con fuerza a la acción de declarar un “sí”? La raíz emocional que moviliza y articula una respuesta diferente o incoherente es el miedo. Una amalgama de distintos miedos nos mueven a cada uno de nosotros:

  • Miedo a que si digo que “no” se puede enfadar.
  • Miedo a sentirnos culpables.
  • Miedo a parecer o ser egoísta.
  • Miedo a que el otro se sienta ofendido.
  • Miedo a defraudar las expectativas del otro.
  • Miedo a ser rechazado.
  • Miedo a no ser aceptados, a no ser amados.
  • Miedo a equivocarme en la elección.

¿Te identificas con algún miedo a decir no?

Os invito a una reflexión, extraída del libro “Saber decir No”, de Francesc Torralba, doctor en filosofía:

  • ¿Digo sí cuando realmente quiero decir sí?
  • ¿Digo no cuando realmente quiero decir no?
  • ¿Para qué y por qué digo sí, si quiero decir no?
  • ¿Para qué y por qué digo no, si quiero decir sí?
  • ¿Qué necesito para ser transparente y honesto en la comunicación conmigo mismo y con los demás?

“El hombre libre es el hombre sublevado y lo que lo caracteriza es la capacidad de decir no, de oponerse a lo que se espera de él, de hacer de su vida un proyecto personal y tener la audacia de defender la propia singularidad y no desintegrarse en el Todo social”. Albert Camus

 

Reflexiones anteriores en el Blog de EEC

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Manuela Rama es Executive coach por EEC, acreditada como PCC por ICF. Licenciada en Ciencias del Trabajo y con amplia experiencia en el ámbito de Gestión y Dirección de RRHH, trabaja como formadora en la mayoría de los cursos impartidos en EEC Barcelona.