Por Jacobo Díaz, alumno de Coaching de Equipos en México DF Julio 2013, comparte esta reflexión surgida tras la realización del programa.

No me anticipó su visita y, sin embargo, ahí estaba. Mirándome fijamente desde un gran silencio. De pronto, sin más ni más, me lanzó la pregunta:

–      Y bien, ¿qué has hecho?

Una pregunta sin voz, procedente de mucho más cerca.

–      Pues – le dije tomando algo del temor que guardo -, debo confesarte que…
–      ¿Sí? – un sí que ella no pronuncio y que yo escuché atento.
–      ¡He sido un ratero!
–      ¿Cómo? – lanzado en mudas palabras.
–      Sí – contesté -. Me he robado muchas cosas; solo que ahora… ¡ahora han sido valiosas en serio!

El silencio increpante.

–      Me he robado – continué – un espacio más del que se me ha concedido. Un espacio para ser libre, total, entregado.

–      Me he robado varias horas de conciencias.
–      Muchas palabras que  no decían nada pero también revelaciones íntimas, sinceras, intensas.
–      Me robé también un sueño que no quise preguntar si lo construimos juntos por miedo de encontrarme con un no. ¡Es un gran sueño!
–      Me he robado horas y horas de libertad, de verdades y farsas, de vulnerabilidad escondida tras el ego plus que lograba escaparse de a poco. Horas enteras de tesoros en donde pude encontrarme conmigo mismo, con lo bueno y con lo malo; horas que se han hecho días de revelaciones que nos unieron a todos como a dos amantes furtivos que se entregan.

–      Me robé sus miradas inocentes y me di el lujo de rechazar las que no lo fueron. Más, como no siempre pude, sentí la sangre brotar en mi corazón… me dolió.
–      Me robé experiencias ricas, llenas de conocimiento y de acción, de conversaciones girando.
Me miró cómo siempre, en un intenso silencio… yo, no pude más; busqué mi escondite y, callado, me fui a refugiar en él.

Ella me entregó varios papeles, todos iguales, enrollados y atados por un listón.
No los quería abrir. Cada uno tenía el nombre de mis compañeros… ¡qué vergüenza! ¡Atrapado por todos!
Abrí el primero y, cómo lo devoré. Abrí rápidamente el otro, y luego el otro, y el otro.
Los tiré a un lado, incliné la cabeza y lloré sin silencio.
Cada uno empezaba igual, duro, fuerte, llegando cual daga a ese llamado inconsciente y al que no lo es tanto; cada uno decía…

–      “Me he robado…”

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