Patxi del Cura, coach y formador en la EEC

Todos sabemos que en una relación personal o amistosa hay cosas que no decimos. Son aspectos de nuestro pasado que, por miedos, vergüenzas o por lo que intuimos podía suponer en la otra persona, guardamos para nosotros. Otras veces, son circunstancias presentes, del día a día en la convivencia, que elegimos no comentar porque decidimos quitarles valor o porque tememos la reacción del otro.

En otras ocasiones, son emociones que experimentamos y que, por nuestra dificultad en mostrarlas, quedan alojadas en nuestro interior. Una emoción que puede ser de miedo, enfado, tristeza o resentimiento, y también sentimientos de ternura, simpatía y amor que, aún siendo positivos, los guardamos.

Lo que no contamos compone lo que solemos llamar “mi parte privada o íntima”, ese cuadrante de la personalidad que no uno no comparte con los demás.

Un aspecto diferencial de las relaciones personales consiste en hacer público para el otro, aspectos de mí que no muestro al resto del mundo, hasta el punto de que utilizamos expresiones como “no tenemos secretos”,  “lo compartimos todo”, como formas de transmitir ese vuelco desde un espacio íntimo y personal a otro espacio bipersonal y privado: un terreno habitado por dos, en el cual podemos mostrarnos sin tapujos.

1b0dc92a38c6b10a7c2bebeb4f5b3262

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como bien sabes, esto no siempre es así. A veces enseñar la intimidad puede resultar tan atemorizante como el conflicto. En el devenir de la convivencia vamos generando pensamientos y experimentando emociones que decidimos no desvelar al otro. De hecho, a veces tenemos otra u otras personas con las que hablamos de cosas que no conversamos con nuestros seres más cercanos. Decimos “con él / ella no puedo hablar de esto”. Y es posible que sea válido y que, incluso, sea positivo tener un lugar de descompresión más allá de con quien compartimos nuestra vida.

Sin embargo, esas cosas que no compartimos, y que guardamos en nuestra esfera íntima, (y que se acumulan como sedimentos),  suelen ser muy a menudo el cultivo de lo que se denominan “conversaciones pendientes”: he aquí al auténtico lastre de cualquier relación, nuestra bola de preso que nos permite seguir andando pero que cada vez, si no hacemos nada, va pesando más y más.

Creemos que el tiempo lo cura todo
Que tampoco es cuestión de decirlo todo
Que no pasa nada
Que la convivencia desgasta
Que hay que ceder
Que es mejor callar ciertas cosas….

Callar evita la dificultad inmediata pero no genera soluciones y es altamente tóxico en sentido figurado (el resentimiento es la emoción de las conversaciones pendientes) y físico como apuntan muchas evidencias médicas.

Nos adherimos a esta bonita colección de explicaciones o subterfugios que no hacen sino ramificarse como una metástasis y contaminar el organismo de toda relación. Como las yedras en las paredes de una casa que hunden sus raíces en la fachada y amenazan la solidez de un edificio, las conversaciones pendientes van ocupando espacio en la relación para al final estrangular el cauce de nuestras comunicaciones.  Así pues, podemos decir que, necesitamos ser transparentes.

La transparencia no hay que entenderla como la obligación a decirlo todo, sino la necesidad de hacer público para el otro el diálogo interno de todos aquellos pensamientos, sentimientos o conductas propios o sobre la otra parte, que puedan afectar a la relación.

Transparencia es
– compartir aquello que tenga que ver con la convivencia con el otro
– avisar de dónde estoy emocionalmente
– expresar aquello que une o desune
– decir lo agradable y lo desagradable
– alinear mis valores con mis acciones y hacerlo saber

Citando a Martin Luther King:Nuestras vidas van a llegar a su fin el día que guardemos silencio sobre las cosas que nos importan”.

Patxi es coach y supervisor del Programa de certificación en coaching ejecutivo de EEC. Como experto en Sinergología, es formador del programa, más allá del lenguaje sobre comunicación no verbal.