Los pequeños engaños de nuestra aparente “lógica”  

Por Anais Rubió-Galván, coordinadora de EEC Alumni

Las falacias son aquellos argumentos que parecen válidos pero que no lo son. Constituyen pequeños atajos “cognitivos” que tomamos para conseguir convencer y persuadir a las personas. A veces los utilizamos de una forma más consciente que otras, pero ¿cuáles son las falacias más habituales que cometemos sin seguro darnos cuenta? Saberlas identificar nos ayudará a evitarlas y a tener, como coaches, una mirada mucho más limpia y vacía de juicios.

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Contra el adversario (argumento Ad hominem)

Ocurre cuando lanzamos un ataque a nuestro interlocutor en vez de dirigirnos directamente a su razonamiento. En este caso se da por sentada la falsedad de una afirmación, inhabilitando o desacreditando a la persona que emite el argumento. A afirma B, hay algo que se cuestiona de A, por tanto, B es falso.

Por ejemplo,

  • Ana: Yo creo que ha sido fuera de juego.
  • Raúl: Es la primera vez que ves un partido, no puedes saber si lo es o no.

Buscando la solución perfecta

Ocurre cuando creemos que una solución únicamente será buena cuando erradique del todo el problema. Asumimos falsamente que si solo parte del problema se arregla con la solución, la solución no debe de adoptarse. En esta línea, sería la “parálisis por el análisis”, es decir, rechazamos cualquier solución esperando la “perfecta”.

Por ejemplo,

  • Luis: ¿Por qué no ponemos cubos diferentes para reciclar en la oficina?
  • María: Incluso aunque los pongas y la gente recicle, siempre habrá personas que se despisten y sigan mezclando los residuos.

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Apelando a la popularidad (argumento “ad populum”)

Ocurre cuando argumentamos o justificamos la idoneidad de una solución apelando a que se trata de la opinión mayoritaria de un grupo. Es decir, asumimos falsamente que lo que quiere la mayoría siempre es lo más deseable o correcto para el grupo. Son argumentos muy utilizados en política.


Por ejemplo,

  • Fernando: La mayoría de las personas ven la TV, algo tendrá de buena.

Apelando a una autoridad “cuestionable”

Ocurre cuando argumentamos una determinada teoría apelando a una autoridad que tiene escasa pericia en la cuestión. Usamos una autoridad como prueba de nuestro argumento, cuando realmente no es una autoridad competente para dar esa opinión.

Por ejemplo,

  • Ramón: Dice mi madre que todos los que llevan la gorra hacia atrás son unos gamberros.

Apelando a las emociones

Ocurre cuando utilizamos las emociones, o un lenguaje emocionalmente cargado, como apoyo para convencer de algo, cuando en realidad las emociones no tendrían que ser relevantes para determinar la verdad o falsedad de la conclusión. Estas emociones distraen y manipulan a los lectores y los alejan de los hechos puros. Por ejemplo, apelar al miedo, al ridículo, a las consecuencias, etc.

Por ejemplo,

    • Las típicas cadenas que nos llegaban antes por e-mail con mensajes como “si no envías esto a diez personas más, tendrás mala suerte durante el próximo año”.

El falso dilema (para los coaches y/o)

Ocurre cuando presentamos solo dos opciones, cuando en realidad existen muchas más para juzgar un hecho o tomar una conclusión. Esta falacia tiene normalmente asociado un lenguaje de “esto o aquello”.

Por ejemplo,

      • Un cartel en la entrada de un gimnasio que diga algo así como: “Tienes dos opciones: pasar por esta puerta y llegar a ser una persona más sana, o no cruzarla y no llegar a serlo nunca”.

Explicando con “etiquetas”

Ocurre cuando tratamos de justificar un comportamiento o hecho con una etiqueta que nos impide profundizar en la causa, en los factores internos y externos que han podido llevar a la persona a comportarse de una determinada manera. Pensamos que al haber dado con la “etiqueta” ya tenemos una explicación a su comportamiento. Por ejemplo. cuando decimos: “es que tiene mal carácter”.

Por ejemplo,

      • Sara: ¿Has notado que Luis está últimamente tristón?
      • Laura: quizás sí, será la crisis de la mediana edad.

La cortina de humo

Ocurre cuando un tema irrelevante se presenta en la discusión para distraer la atención de la discusión original. De esta forma la persona que incorpora este tema irrelevante espera ganar la discusión desviando la atención del tema que ocupa.

Por ejemplo,

      • Juan: Hijo, sigues sin hacer tu cama por las mañanas cuando es algo que te he pedido ya varias veces.
      • Mario: Papá, siempre me estás echando la bronca por tonterías. Imagínate que sacara malas notas, eso sí que sería malo.

Estas son algunas de las principales falacias de la lógica, ¡hay muchas más! ¿Te has reconocido en alguna de ellas? Yo, ¡en todas! ¿Qué podríamos hacer para evitarlas?

Las reflexiones sobre las falacias están obtenidas del libro: Asking the right questions. A guide to critial thinking, de M. Neil Browne y Stuart M. Keeley. ¡Recomendable su lectura para quien quiera aprender a pensar mejor!

 

Responsable de la comunidad EEC Alumni de Escuela Europea de Coaching y del área de desarrollo de negocio. Es Executive coach por la EEC, Licenciada en Psicología por la Universidad de Salamanca con Postgrado en Psicología Social y Organizacional.