La pasada semana me invitaron a dar una conferencia en Tenerife, con ocasión del I Foro Mujer y Turismo de Canarias. Acepté encantada, aunque el hecho de no ser en absoluto una especialista en la materia, me planteó un reto personal y me incitó a reflexionar sobre el tema a través de mis propias experiencias como mujer, madre, profesional y empresaria. También (¿cómo no?) a través de las distinciones y conceptos del coaching, que atienden al ser humano, sin diferenciar géneros.

Repasando mi trayectoria, tomé consciencia de que por regla general siempre hice lo que me propuse, sin aparentes palos en la rueda por el hecho de ser mujer.

Sin barreras aparentes 

Soy la pequeña de tres hermanos y seguramente el ir detrás de un chico 4 años mayor que yo marcó mis preferencias, haciéndome fan de todo tipo de actividades deportivas y una apasionada de las motos. Quizás por eso, mientras estudiaba la carrera, y para no pedir dinero en casa para mis gastos, decidí convertirme–para gran sorpresa de todo mi entorno- en la primera y única mujer mensajera durante un trimestre, con mi Vespa y un mono negro espantoso que rezaba en su espalda “Mensajeros Radio”. Nada “femenino” y bastante chocante para todo el mundo en los 80, aunque yo hiciese caso omiso.

Más tarde, mi primer trabajo en una multinacional francesa supuso una inmersión en un entorno eminentemente masculino, y era de las escasas mujeres que visitaban fábricas de extrusión, laminación, anodizado y lacado de aluminio en Francia para luego vender sus derivados a industrias diseminadas por todos los polígonos de la geografía española. Poco “glamuroso” para mis amigas, pero divertido y sobre todo un gran aprendizaje para mí.

En ninguna de mis andaduras profesionales posteriores me he encontrado con impedimentos por el hecho de ser mujer, o tenido que enfrentarme a techo de cristal alguno, la verdad. Quizás por eso, las leyes de igualdad me parecieron en su inicio innecesarias e incluso perjudiciales para la imagen pública de las mujeres en el terreno profesional, ya que podía ocurrir que los varones nos mirasen a partir de las famosas cuotas como una imposición y no como una elección profesional natural.

Creencias y estereotipos 

Recordando éstas y otras anécdotas, vinieron sin embargo también a mi memoria algunas situaciones que reflejaban estereotipos de entonces, desgraciadamente vigentes a día de hoy como son:

  • Conduciendo motos de gran cilindrada, sigue siendo frecuente que varones moteros me pregunten en los semáforos:

– ¿No te da miedo una moto tan grande?
– A mí no, ¿y a ti?, contesto siempre.
– No, no, a mí para nada…

Como si ellos, por muy fuertes que estén, pudieran sostener una moto grande que empieza a caerse.

  • A día de hoy algunos siguen haciendo comentarios del tipo: “para ser mujer, esquías muy bien”… alucinante, ¿no?
  • Como coach, sigo encontrando clientes que prefieren el acompañamiento de un varón que peine canas, en vez de una mujer por muy profesional que sea ésta, simplemente porque algunos aún no nos dan autoridad ni confían en nuestras capacidades.
  • No puedo dejar de incluir aquí los comentarios de mi madre que, pese a ser una mujer adelantada a su tiempo y valorar mi trabajo, insiste siempre en lo importante de “ir muy guapa”…
  • Por último, la infinidad de gestos y comentarios gratuitos tanto de hombres como de mujeres que hacen sentirse culpables a muchas madres trabajadoras, por no ocuparse en su opinión “como es debido” de la prole por culpa del trabajo.

Sirvan estas pocas “anécdotas” para reflejar algunas de las creencias sociales que persisten en pleno siglo XXI. Creencias culturales acuñadas a lo largo de la historia, en mi opinión difíciles de romper y que limitan la tan perseguida igualdad.

 

Primera tarea: toma de consciencia 

A mi juicio, parte de las mujeres trabajadoras centran su lucha por la igualdad en el entorno laboral reivindicando flexibilidad, conciliación, jornadas reducidas, etc.. y, sin embargo, en el familiar asumen el rol tradicional, ocupándose en gran medida de las tareas domésticas. Y las que no realizan personalmente esas tareas porque tienen ayuda en casa, asumen en solitario la carga mental de todo lo doméstico: colegios, pediatras, compra, y demás detalles logísticos del día a día.

El último estudio realizado por el Instituto Europeo de Igualdad de Género (EIGE) en el periodo comprendido entre 2005 y 2015 analiza entre otras muchas cuestiones el uso del tiempo por parte de mujeres y hombres y refleja que sólo un tercio participa diariamente en la cocina y las tareas domésticas, en comparación con el porcentaje de mujeres (79%). Por el contrario, los hombres también tienen más tiempo para actividades deportivas, culturales y de ocio. Según la Directora del EIGE, Virginija Langbakk, “existe desigualdad en todas las áreas analizadas en el estudio; la igualdad avanza a paso de caracol”.

En mi opinión, exigencias legítimas de las mujeres de puertas para afuera, y resignación con escasas peticiones efectivas que permitan cambiar las cosas a nivel interno, con el consiguiente y nefasto ejemplo que transmitimos con ello también a las nuevas generaciones..

Una de las tareas del coach es ayudar a que su cliente tome consciencia de “quien está siendo”, de “para qué” hace lo que hace, no “por qué lo hace”. También ayudarle a descubrir sus puntos de ceguera y encontrar nuevas maneras de observar e interpretar el mundo, que amplíen su capacidad de acción. Pues bien, creo que por muchas leyes que se dicten al respecto, hasta que las mujeres no identifiquemos esos puntos de ceguera que limitan la igualdad, tomemos consciencia de nuestra “complicidad” con el machismo en algunos ámbitos y actuemos en consecuencia de forma distinta, la igualdad seguirá yendo a dos por hora.

¿Es cero la tolerancia cero?

Las leyes son necesarias y las campañas de comunicación también. En el caso de la violencia contra las mujeres, la campaña “Tolerancia cero” es esencial a la vista del incremento de víctimas en los últimos tiempos y de su incidencia entre los más jóvenes. Y creo además que en este asunto existe unanimidad por parte de hombres y mujeres.

Ahora bien, en muchos otros asuntos, creo que los niveles de tolerancia son mucho más laxos, como en la evidente desigualdad salarial; en los programas basura que muestran a las mujeres como cosas, no como personas; en las canciones de reggaetón sexistas; en el cine de Hollywood que sigue vendiendo un modelo de amor romántico y sumiso; en la complicidad de una sociedad que ha mirado hacia otro lado en casos como los de Weinstein, Woody Allen; en el de La Manada, cuyos mensajes compartían entre risas más hombres, al margen de los acusados.

¿Qué nos está faltando para expandir la tolerancia cero a todas las conductas o situaciones de desigualdad para con la mujer? ¿Qué conversaciones nos están faltando? ¿Qué puedo hacer yo al respecto? ¿Y tú?

Socia Fundadora y Directora Ejecutiva de EEC. Coach PCC por ICF.