Habilidades comunicativas y de influencia, plantear metas, buscar compromisos y alinear a personas son capacidades que comparten el líder y el progenitor. Habilidades que necesitamos emplear de forma eficaz tanto en casa como en la empresa, aunque no en todos los ámbitos encontramos los mismos resultados. A veces, incluso, contamos con más habilidades para un entorno profesional que el personal. Desde ahí, ¿es más difícil motivar a los hijos que al equipo?

Por Rosa Barriuso, coordinadora del Programa Especialización en Familias y Adolescentes en la Escuela Europea de Coaching (EEC).

En coaching ejecutivo me plantean retos relacionados con el ámbito familiar, no siempre directamente, pero a veces terminan saliendo porque cuando no nos sentimos satisfechos de algún aspecto de nuestras vidas esto repercute en el resto de contextos con los que nos relacionamos.

En mi labor como coach ejecutiva me encuentro con muchos profesionales que me plantean como reto la conciliación, cuando los hijos son pequeños. Cuando los hijos están ya en edades adolescentes, me muestran sus dificultades para poder llegar a ellos y lograr acompañarles en su educación, crecimiento y capacitación para la edad adulta.

Vengo encontrando un cierto paralelismo entre la función de líder y de progenitor. En ambos aspectos se ponen a prueba las habilidades comunicativas y de influencia. El problema es cuando estas formas de actuación en la empresa las pretendo llevar a cabo con los hijos y me olvido de que “mi hijo no me pertenece” y que mis metas para él, a lo mejor, no son iguales a las que él quiere para sí mismo.

¿Es más difícil motivar a los hijos que al equipo? 

En la labor de madre o padre los afectos son mucho más elevados que en el ámbito profesional, y desde la justificación del amor que se siente por los hijos, se pueden hacer cosas que serían impensables en el entorno profesional.

Por ejemplo, le podemos decir a un hijo: “Sobre esto no puedes opinar”, “Tienes que hacer lo que yo te diga”. En el ámbito familiar nos permitimos faltas de respeto mucho mas evidentes.

Y lógicamente estas faltas de respeto afectan la motivación de los chavales, puesto que tanto la implicación como la autonomía en las decisiones están íntimamente ligadas. Es difícil estar motivado con algo impuesto que no lo he hecho propio.

Cuando estos planteamientos, que vemos lógicos en el ámbito profesional, son llevados al familiar, donde vemos más inmaduros a los adolescentes, terminamos dándonos permiso para decidir por ellos con la justificación de evitarles equivocaciones, o frustraciones.

En nuestra sociedad somos más hábiles enseñando a obedecer que a enseñando a pensar y a decidir. Nos cuesta motivar a los hijos en muchos casos por nuestras creencias limitantes.

Perspectivas que limitan mis habilidades en el rol de madre o padre

  • “Mi hijo me pertenece y los resultados que él obtenga son algo mío”. 

A partir de esta creencia me permito intervenir en la educación de mi hijo, sin su opinión, provocando una serie de dificultades en su propio desarrollo. El objetivo de cualquier adulto en la educación de un chico es acompañarle para que madure, sea autónomo y eficaz en el entorno en el que se desarrolla.

Cada vez que le sustituyo en lugar de educarle para que él pueda decidir solo, estoy interfiriendo en su maduración. Es justo lo contrario a motivar a los hijos.

  • “Soy mejor padre si evito que sufra”.

No estamos sabiendo enseñar a nuestros chicos a enfrentarse a los errores o a la frustración, rápidamente sacamos la capa de Superman y nuevamente les sustituimos para resolverles el problema. No les estamos ayudando a desarrollar comportamientos y perspectivas resilientes.

Estamos muy enfocados al control que se sostiene en el temor de evitarle problemas.

Cuatro consejos y recomendaciones para padres:

  • Cuando te acerques a él, recuerda el adolescente que fuiste y entiende mejor sus necesidades, sus anhelos, sus conflictos y, en definitiva, empatiza con su momento vital.
  • Empieza a tratar a tu hijo como un adulto en potencia, esto no quiere decir que a un adolescente no se le pongan límites, pero sí que se le pongan desde lo que hoy necesita para dar un paso hacia su autonomía. Los límites que no valen son los que se ponen para lograr que el adulto este más tranquilo y se acalle su temor. Y dentro de esos límites, dar libertad para el acierto y el error.
  • Acompañarle a que decida por sí mismo, motivar a los hijos es  ayudarle a tomar consciencia de costes, beneficios, implicaciones y luego, dentro de un margen lógico para su edad, dejarle equivocarse.
  • Escucharle en sus motivaciones, deseos e ilusiones sin poner nuestras expectativas por encima. Sin protagonismo en las metas es imposible la motivación.

 

¿Cómo responderías tú a la pregunta? ¿Te resulta más difícil motivar a tus hijos que a tu equipo? ¿Te sirven los apuntes de este post? ¿Qué otras estrategias empleas en tu casa?

Rosa Barriuso, coach MCC por ICF, especialista en coaching y adolescentes, es coach y formadora en Escuela Europea de Coaching