Por Alfredo García-Castrillón
Director Académico de la EEC en Madrid

La mayor parte de mi vida laboral, (¡26 años de los 35 que tiene ya!) la pasé dando soluciones y consejos. Como ingeniero en áreas de tecnología, mi trabajo consistía en recibir problemas, analizarlos, buscar posibles soluciones, seleccionar una y llevarla a la práctica. A partir de una necesidad, debía diseñar un producto tecnológico que la satisficiera. En el mejor de los casos, las nuevas soluciones funcionaban a la primera y pasaba a otro problema. Si no era así, la búsqueda de soluciones continuaba hasta que, por fin, una funcionaba. Aplicaba la misma regla con las personas. Les daba consejos y les decía: yo sé qué es lo que tú tienes que hacer para resolver lo que te está pasando.

Cuando descubrí y me enamoré del coaching, y decidí formarme como coach, me dijeron mis profesores que el coach no da ni consejos ni soluciones. ¡Imposible! contesté yo. Cuando me dijeron que, además, el coach no juzgaba a su cliente mi incredulidad fue máxima. Un resquicio de confianza en mis profesores me permitió seguir en esta apasionante carrera, ¡menos mal! Sin embargo, mi capacidad para fluir en la no solución, en el no consejo, eran muy limitadas.

Cuando hacía mis prácticas como coach novato, todavía “me salían” consejos y soluciones, ¡tantos años de hábito no se cambian en poco tiempo! Y hubo un par de situaciones que me permitieron asentar esta competencia fundamental del coach y que consiste en creer al cien por cien que el cliente tiene las soluciones a sus retos, así como los consejos que precisa, en él mismo.

En una sesión de coaching con un cliente que era ingeniero como yo, que trabajaba en áreas tecnológicas como yo y que tenía problemas como los que yo había tenido, vi muy clara la solución a su reto y se la dije. Cierto es que disimulé un poco lanzando una pregunta que ocultaba la solución, del estilo “¿Qué te parecería probar esto y esto y esto?”. Lo genial fue su respuesta, una respuesta que caló en mí como un chaparrón de primavera: “¡Eso es una tontería!”

¡Cómo me quedé! ¡Qué le ocurrió a mi ego! Y descubrí que llevaba a mi ego conmigo durante la sesión, ignorando otra competencia del coach que todavía no tenía muy practicada, el egoless. Tardé un poco en recuperarme y poder seguir con la sesión. Al final, mi cliente encontró su propia solución y le sirvió.

modern_business_style_ai_14

 

 

 

 

 

 

 

Aunque el aprendizaje fue enorme, no fue, todavía, completo. Recuerdo otra sesión posterior con otro ingeniero, en la que también se me ocurrió la respuesta al reto de mi cliente. ¡Dios mío, qué poder de inventar soluciones tenía! Sin embargo, con la enseñanza de la sesión anterior, apliqué una regla sencilla para que no saliera por mi boca, ni siquiera disfrazada de pregunta. Consiste en abrir la boca, sacar la lengua y cerrar la boca. ¡Sí, eso que imaginas! A esta técnica la llamamos “Morderse la lengua” y es muy, muy antigua. Y útil.

No di la solución, me la quedé. Es cierto que tenía muchas ganas de ponerla encima de la mesa, pero las palabras de mi otro cliente de coaching todavía resonaban en mi mente: “¡Eso es una tontería!”.

La sesión siguió y mi cliente encontró una solución que era muchísimo mejor que la que yo quería ofrecer. Y pensé, si se la hubiera dado y a mi cliente le hubiera servido (y no hubiera dicho que era una tontería), la habría tomado como válida. Entonces mi cliente habría perdido, gracias a mi ego y a mis ganas de ayudar, el montón de ventajas que tenía su solución sobre la mía, porque no hubiera trabajado más sobre el reto.

Con estas dos experiencias se afianzó la competencia en mí, la incorporé muy plenamente. Y al pensar en ella me doy cuenta de que tiene mucho que ver con el respeto a mi cliente: si yo le doy un consejo, una solución, es que creo que él no va a ser capaz de encontrarla por sí mismo. ¡Vaya falta de respeto!

Creo, y así lo muestro en las jornadas de formación que impartimos en la EEC, que cuando un coach conoce a su coachee lo primero que hace es creer en él, al cien por cien, más incluso de que lo que el coachee cree en sí mismo. Creo que es capaz, creo que tiene la respuesta, creo que tiene los consejos que necesita y no los ha encontrado. Y que, ahí está mi labor como coach: acompañarle en esa búsqueda de sus soluciones, sus propios consejos, hasta que los encuentre.

En cierta ocasión, Einstein le dijo a uno de sus alumnos: “Si A es el éxito en la vida, entonces A = X + Y + Z, donde X es trabajo, Y es placer y Z es mantener la boca cerrada”En una sesión de coaching A = X + Y + S, donde S es el silencio, más allá que “morderse la lengua” o “mantener la boca cerrada”. El coach está en silencio cuando no tiene nada que decir. Y no tiene nada que decir cuando lo que hay que decir tiene que ver con soluciones y consejos. En ese aspecto, el coach está siempre en silencio.

Y tú, como coach, y también como persona, ¿estás en silencio cuando escuchas? 

En Escuela Europea de Coaching acompañamos a personas y organizaciones a mejorar sus resultados, a través del coaching.