Por Yanina Carchak, coach y formadora en la EEC.

Se agota el viejo calendario, nos tomamos unos días de pausa en nuestras actividades y en nuestro trabajo para reencontrarnos con nosotros, con los otros. Nos reunimos para celebrar lo que tenemos, para invocar y desear juntos lo que queremos construir. Pero llegar a la noche del día 31 de diciembre con alegría y claros objetivos para el nuevo año resulta ser un reto no menor que una odisea por la que muchos transitamos a lo largo de las vacaciones navideñas.

El primer encuentro del proceso es con nosotros mismos. Empieza el invierno, accedemos a la pausa y miramos hacia adentro. Miramos lo que hay y lo que nos falta. Miramos lo que tuvimos y ya no tenemos. Recordamos a los seres queridos que ya no están con nosotros, recordamos viejos sueños y deseos que dejamos aparcados por haber tenido improvisadas prioridades a lo largo del viejo año, evaluamos lo que hemos hecho bien y no tan bien.

Aparecen también los espejos de los otros, esos otros con los que no compartimos la vida cotidiana y con quienes nos reencontramos cada año para estas, y quizás algunas otras, fechas muy señaladas. Ese espejo ineludible que ofrece cierta perplejidad de las cosas que empiezan a sernos transparentes y la posibilidad de compararnos a lo largo del tiempo con perspectiva. Y, por supuesto, nos ocupamos nosotros de ser también sus testigos y consejeros, de decir las cosas que otros no dicen, de recordar viejas promesas.

El proceso resulta estar en su conjunto no poco lleno de tristeza, una tristeza necesaria de camino hacia el reconocimiento y la aceptación de lo que no supimos hacer para luego, sí, sacar nuevas conclusiones, cargar las pilas, generar nuevos retos más conectados con lo que sí queremos ser y celebrarlo con las personas con quienes los queremos compartir.

Pero resulta que esta segunda parte alegre carece de sentido sin la primera. Y la primera, carece a veces de espacio y legitimidad. ¿Qué espacio nos estamos dejamos para adentrarnos en nuestras profundidades? ¿Qué espacio le dejamos a nuestra pareja, a nuestros hijos, a nuestros padres para que lo puedan hacer? Es como si socialmente la única parte aceptable fuera la relativa a la celebración y de ahí muchas de las peleas, el estrés, la imposibilidad a veces de ser lo suficientemente empáticos con nuestros seres más queridos.

Renacer implica morir, dejar morir lo que tiene que morir, dejar que entre el otoño, dejar que entre el invierno para luego, sí, celebrar el solsticio, la renovación de la vida y la posibilidad de estar juntos en las páginas del nuevo calendario.

 

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