No puedo sentir sino cierto rechazo cada vez que escucho, tras la pregunta de qué tal tus vacaciones, la manida respuesta: “Buff, ya olvidadas…”. Como si la vuelta a la realidad de las rutinas y los hábitos borrara los felices días pasados y, el manto de esa creencia extendida sobre la tortura de la vuelta, fuera una condena.

En realidad, si no fuera por los hábitos estaríamos muertos: si cada cosa que hiciéramos cada día desde que nos levantamos la experimentáramos como si la realizáramos por vez primera, sería un esfuerzo ímprobo ducharnos y vestirnos, hacer un café o sacar el coche del garaje. Hay una economía en el hábito que nos permite actuar con la velocidad requerida por las circunstancias. En ese sentido, la inflexibilidad del hábito es crucial para operar en la estabilidad de la vida cotidiana.

Sin embargo, esa economía del hábito está reñida con una necesidad, no sé hasta qué punto real o inducida, de la excitación, de ir de sorpresa en sorpresa o, como se dice coloquialmente, de subidón en subidón. Vivir plegados a una búsqueda de intensidad está peleada con la tendencia de nuestro organismo hacia la homeostais y el equilibrio y que comporta los efectos nocivos de una continua activación del organismo (incluso en el placer) como bien entenderán los trabajadores de Urgencias que atienden a infartados en las temblorosas horas nocturnas.

Para qué nos sirve el día a día

Aviso a lectores malvados: lo dicho no está reñido con la búsqueda de placeres, paisajes, viajes y nuevas experiencias, a las que animo y, por supuesto, suscribo. La maldición que sentimos es la de no estar en un continuo viaje por los rincones ignotos de este mundo infinito cuando, en realidad, las vacaciones, el viaje, tienen sentido porque volvemos, porque hay un lugar, unas personas, unas rutinas que nos están esperando.

Si no volviéramos, no permaneceríamos en nada, no tendríamos sino la identidad del turista accidental que tan sólo es una huella efímera en su paso por hoteles, museos, restaurantes… Desde luego, está la opción de ser un viajero eterno e infatigable, pero, a la larga, buscamos un lugar en el mundo en el que permanecer, una tierra, una casa a la que volver, un regreso a los hábitos que nos dan consistencia.

Empezando nuevos hábitos

La vuelta de un viaje, del verano, el comienzo del año, son siempre tiempos de nuevas aspiraciones y objetivos, como bien saben las empresas editoriales, los gimnasios y las academias de idiomas.

Yo encuentro placer en el hábito y más en los nuevos hábitos: 21 días, cinco semanas… Las opiniones no coinciden en la consideración de cuándo un hábito se instala en nuestro repertorio de conductas para no irse, pero el reto de lograrlo, el esfuerzo de que esa nueva costumbre que elijo y me beneficia viva conmigo por un largo tiempo, lo vivo con paradójico placer.

Y como dijo San Agustín: “El hábito, si no se resiste, al poco tiempo se vuelve una necesidad”.

 

 

Patxi es coach y supervisor del ‘Programa de certificación en coaching ejecutivo’ de EEC. Como experto en Sinergología, es formador del programa, ‘Más allá del lenguaje’ sobre comunicación no verbal.