Por Silvia Guarnieri, Master Coach y socia fundadora de la EEC

En las conversaciones que mantengo para mejorar los resultados a nivel empresarial de los clientes, aparece siempre (de frente o de rebote) el tema familiar. Cuando digo de rebote, me refiero a los casos en los que los clientes hacen un verdadero esfuerzo por no contaminar las dos grandes áreas donde pasan la mayor parte de su tiempo (la casa y la empresa) y piensan que separándolas pueden ejercer con mayor eficacia en cada uno de los dominios. 

Esto no en nuevo. Durante mucho tiempo hemos dicho que las emociones deben dejarse fuera de la empresa y que mejor no implicarse demasiado con los colaboradores o se acabará cediendo terreno. Lo cierto es que esta separación no es tan real como nos pensamos. Y es habitual encontrarse con jefe/as paternales/maternales, por un lado, y con padres-madres que “jefean” a sus familias. Sin embargo, ninguno de estos perfiles suele saber exactamente qué está pasando cuando no tienen el resultado deseado.

Pensamos que trabajar genera estrés. Sin embargo, cuando uno trabaja mucho se cansa, pero no tiene estrés. Hay personas que no hacen nada y tienen estrés. El estrés es separar la emoción de la acción. Ocurre cuando estamos convencidos de que deberíamos estar en otro sitio y no tenemos el valor para, por ejemplo, suspender una reunión o pedir a la familia unos minutos para hablar de trabajo. Como el caso de una directiva y cliente, que se había separado de su pareja y necesitaba llegar a casa temprano. No retrasarse se había convertido en algo prioritario y las reuniones de última hora se tornaron un infierno para ella. Sin embargo, eligió no contarle nada a su equipo y no mezclar su vida profesional y personal.

Seguiré por comentar que la familia y la empresa tienen diferente razón de ser. La primera es para la preservación de la especie y la otra, para un resultado. Los roles y comportamientos esperados en casa y en la empresa, también, son diferentes. No se puede comparar a lo que somos capaces de renunciar cuando se trata de nuestros hijos, con lo que aceptamos cuando nos piden una renuncia similar dentro del ámbito laboral.

father bossSi bien las habilidades que entrenamos en un ámbito pueden ser fácilmente operables en el otro. De hecho, una de las cosas más bonitas que nos ocurren a los coaches profesionales es cuando el cliente nos dice que esto que entrenamos aquí lo ha practicado con su suegra y le ha ido de maravilla o la famosa frase, que hace saltar las lágrimas a más de un coach experto de “ahora soy más feliz, nada que agregar”.

Recuerdo un caso donde lo que estábamos trabajando se convirtió en un trabajo también familiar. El cliente ponía etiquetas fijas e inamovibles a sus colaboradores, sin pensar que las personas están siendo de una determinada manera y que pueden cambiar. Era afín a las ideas totalizadoras: “las cosas son”, “ los demás deben”, “siempre”, “nunca”. Juntos, buscamos el resquicio en donde podemos darle la vuelta a una idea: “alguna vez”, “en alguna ocasión”. Trabajando este tema, el cliente me dice que a su hijo pequeño de 4 años las maestras le han puesto la etiqueta de agresivo porque grita o empuja a sus otros compañeros. Su tarea fue conversar con las maestras y la vez con el niño trabajando la idea de que “no es agresivo” sino que algo le estaba pasando que le estaba haciendo hacer cosas que no controlaba, pero que su padre estaba convencido de que él de ninguna forma era un niño agresivo, sino un niño amoroso y lleno de luz.

Podemos entrenar cada habilidad en los dominios en los que nos movemos sin dejar de ser conscientes del rol que jugamos en cada caso. Por ejemplo, si como coaches estamos entrenando a un cliente al que le cuesta delegar, es probable que nos encontremos con creencias como “mi equipo no es capaz”, “está muy ocupado” o “no tiene todavía las habilidades”. Al preguntar sobre cómo lleva la delegación en su familia, muchas veces encontraremos las mismas respuestas. Es decir, la persona se comporta de la misma manera pues es la manera que conoce y sabe que le funciona, en ambos ámbitos… por decir en todos los ámbitos.

No tener claro nuestro rol nos lleva, en ocasiones, a cometer el errores. No soportar que el hijo sufra o fracase es un tipo de comportamiento en la familia que tiene las mismas consecuencias a nivel laboral. Es decir, “déjame que lo hago yo”, ”o ya sufro yo por ti” tiene como consecuencia que alrededor nuestra las personas no crecen o crecen haciendo mucho, mucho esfuerzo.

Otro tema recurrente en las sesiones de coaching es el tema del tiempo de calidad. Todos saben de qué se trata pero pocos lo llevan a la practica. Estar presente, escuchar dejando que la palabra del otro nos transforme, mirar a los ojos de las personas que nos rodean preguntando con curiosidad qué necesitan de nosotros o en qué les podemos ayudar, parece una conversación cuando menos utópica. Estamos tan llenos de clichés acerca de cómo son las cosas o cómo deberían ser, que nos perdemos las individualidades. ¿Qué tiempo de calidad reservamos para cada uno de nuestros hijos? ¿Y para nuestra pareja? Si no vemos que sería oportuno salir a tomar un café con uno de nuestros hijos para darles toda nuestra atención, ¿lo vamos a hacer con nuestros colaboradores?  

¿Y poner límites? ¿Es algo que sólo hacemos como padres? ¿Y en la empresa se ponen límites? En coaching decimos que poner límites a nuestros hijos es un acto de amor. Y es algo que trabajamos con nuestros clientes cuando tratamos el rol que como padres tenemos que ejercer para poder educar. Tomar el límite como un conjunto de reglas y de valores, para aprender a jugar en el juego de la vida, nos debería llevar a pensar, del mismo modo, que poner limites en ámbito empresarial es también un valor. ¿Cuándo cuida más un jefe a un colaborador, cuando marca las reglas o cuando no dice nada y finalmente el colaborador queda fuera de la compañía? 

 

En Escuela Europea de Coaching acompañamos a personas y organizaciones a mejorar sus resultados, a través del coaching.