Si el 3 de febrero fue el día que murió la música, como cantaba Don McLean en ‘The day that music died‘, el 2016 podría ser ‘The year that music died‘.

“Él cantó como si me conociera / En toda mi oscura desesperación / Sentí que había encontrado mis cartas y leía cada una en voz alta / Rasgando mi dolor con sus dedos / Contando mi vida con sus palabras / Matándome suavemente con su canción / Diciendo mi vida entera con sus palabras”.

Son las palabras de Roberta Flack en la cursi y aún así fundamental ‘Killing me softly’ que le dedicó precisamente a McLean, por el poder que tiene la música de hacer de espejo de sentimientos, emociones, pensamientos universales, porque nos hace sentir que no estamos solos, que no somos bichos raros, que nuestras penas, dudas y alegrías son compartidas.

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Llorando mis músicos

Cohen, George Michael, Prince, Bowie y también Eagles, Jefferson Airplane, Earth, Wind and Fire, The Beaste Boys o Megadeth que en 2016 han perdido a miembros destacados, me hacían sentir, me obligaban a pararme, me hacían moverme, me hacían pensar, me dejaban emocionarme. Me quedan sus grabaciones, pero no escucharé ya hacia donde van sus inquietudes, no sentiré cómo nuevas teclas en sus temas hacen sonar teclas en mí pendientes de ser descubiertas. Serán otros.

Hoy, siento tristeza y, al mismo tiempo, me siento ligeramente reconfortada por la idea de que a través de sus temas seguiré acercándome a los demás. Sé que mi sensación de abandono es compartida por otros fans, que mi dolor es sentido también y al mismo tiempo por otras personas, conocidas y desconocidas.

Pienso que a veces la vida deja de ser justa para ser absurda, me pregunto si  hay algo de amor en los finales, si hay algo que surge del dolor y rescato el poema “Yo voy soñando caminos”, de Machado:

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero…
-la tarde cayendo está-.
“En el corazón tenía
“la espina de una pasión;
“logré arrancármela un día:
“ya no siento el corazón”.

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
“quién te pudiera sentir
“en el corazón clavada”.

En definitiva, llorar mis músicos me permite mejorar mi vulnerabilidad. Como dice Sandra Díaz-Leonardo, coach en EEC, “las personas que se atreven a mostrar su vulnerabilidad, a pedir ayuda, son percibidas más cercanas y resulta más fácil conectarse con ellas. Y es que la vulnerabilidad no es buena ni mala, es la esencia de todas las emociones y sentimientos. Sentir, significa ser vulnerable”.

 

Executive coach y Responsable de comunicación y marketing en Escuela Europea de Coaching