Necesitamos más que nos recuerden cosas que ya sabemos, que nos enseñen cosas que no conocemos”. 

La cita, cuya autoría desconozco, es para mí totalmente certera, mucho más en estos atravesados arranques de año donde todo son listados de cambios, ristras de deberías y glosarios de retos.

Me abono a la idea de las chiquillerías, esa denominación que los adultos utilizamos cuando observamos en otros, comportamientos que se salen de lo supuestamente social, civilizado. ¡Ja! Nos sirve para denostar los arrebatos infantiles que todos tenemos, ese niño que palpita en lo más hondo, puro presente, que yo aplaudo entre tanta inteligencia emocional y tanta experiencia profesional.

Así pues, una docena de chiquilladas para 2018

  1. Beber de las fuentes

Recuerdo el sabor del agua tras los partidos en el parque de Judimendi, cuando jugabas con la ropa de calle tras el colegio. Ahora todo el mundo tiene una botella de agua mineral o del grifo en su mesa de trabajo, pero yo añoro ir por la calle y beber de las fuentes, esas con caño en las que te dejabas los lumbares y los piños para saciar la sed. Por eso ahora cuando paseo por ciudades o pueblos, busco sus fuentes de rumor antiguo en plazas de columpios y bancos, donde me veo reflejado tras cada crío que sudoroso se tira de cabeza a la fuente buscando beber la sangre de la tierra.

  1. Ver pasar trenes

No se estilan nada por aquí las actividades contemplativas. En el Reino Unido practican la curiosa afición de observar trenes, el trainspotting (con su gloriosa película como metáfora), y en Buenos Aires he comprobado cómo la gente aparca su coche, saca la merienda y se dedica a ver aterrizar y despegar aviones en las veredas aledañas al Aeroparque Jorge Newbwbery. Si no tenemos aeropuerto, nos quedan los trenes. De niños poníamos monedas de real o peseta en los raíles para ver como el tren a su paso las convertía en minipizzas metálicas: hoy nos queda la añoranza melancólica de ver su estela hacia poniente y de imaginar las vidas de sus pasajeros tras sus ventanillas.

  1. Sentarse en los portales

Afortunadamente, los ascensores a cota cero y la sensibilidad social por las personas con movilidad reducida, han hecho desaparecer los portales con escalones. De niños las escaleras del portal eran el mapa en cuyas nervaturas de mármol gastado imaginábamos un circuito intrincado para las chapas y las canicas. Después, en pleno pavo, el lugar desde el que reírse sin razón de todo el que pasaba. Ahora busco esos portales en los que seguir sentado y ver pasar la vida, sin ningún afán, saludar al repartidor, ayudar con las bolsas a una vecina, añorar el chiflo del afilador.

  1. Pan con chocolate

Ya lo vaticinó Susan Sontag cuando dijo que íbamos hacia una época de dictaduras médicas. Suelo recordar a un amigo de costumbres poco recomendables que decía que renunciaba a vivir como un enfermo para morir sano. Y sí, soy de los que cuido el cómo, cuándo, dónde, y también con quién como, pero nada me hace olvidar los bocadillos de pan con chocolate que mi madre llevaba en su bolso sabiendo que el humor me cambiaba/me cambia cuando tengo hambre. Ahora de tanto en vez suelo no resistirme a unas onzas de chocolate de una marca de las de siempre, dentro de un buen trozo de barra de pan, y además comérmelo por la calle: ah! nada cómo pasear y zampar a la vez.

  1. Aviones de papel

Mi vecino de la esquina los bordaba, daba igual que fuera con un periódico o con una hoja arrancada del cuaderno de dictados. Sólo sé que me fascinaba el vuelo de aquellos aviones que nunca supe hacer como él, tanto como preguntarme qué leyes de la ingeniería aeronáutica hacen que un avión de tantas toneladas despegue y aterrice. Seguro que hay tutoriales en internet: sólo sé que este año desde mi terraza voy a inundar el cielo de mi calle de aviones de papel para celebrar mi sueño imposible de hombre volador, para imaginar qué se ve desde la quilla frágil de su efímera vida.

  1. Balón quemado

Está testado. Este verano, aprovechando una de esas comidas camperas con mis amigos, jugamos al balón quemado. El anfitrión sacó azada del cobertizo paterno, delimitó las lindes del terreno de juego, dispuso una cuerda en medio del campo, y ahí puedes ver a una docena de adultos moviéndose cada cual como su forma física se lo permitía, picados como alevines, y celebrando cada juego ganado como cuando dabas una manita al equipo del barrio rival a fútbol o baloncesto. Hace tiempo que no disfrutaba de esa manera… Ahora todos jugamos al paddle y hacemos un montón de actividades acabadas en –ing, y me pregunto: ¿para cuándo en la programación de los gimnasios clases de balón quemado?

  1. Moras

Antes había zarzas de moras por todas partes o a lo mejor es que yo las veía y ahora ya no. Entonces el afán era recoger y devorar las máximas posibles, verdes o maduras, y a veces nos comíamos hasta los tapaculos, que era lo que nuestras madres decían comían las culebras. Luego pasamos a las endrinas para fabricar el pacharán casero de cuya bebida todo el mundo tiene la fórmula secreta y magistral, y ya de más mayores, quedan los hongos, de los cuales también todo el mundo dice conocer un nacedero hasta el punto de que ya no existen, y por eso dicen que importamos setas, níscalos y perretxikos de latitudes ignotas. Esta afición por recoger lo que nos da la naturaleza de forma espontánea me fascina y me parece un plan perfecto y alternativo para tanto fin de semana entregado al sofá.

  1. Forrar los libros

Era casi obligatorio hacerlo, ya que los libros pasaban a los hermanos, o a alguien cercano que pudiera seguir utilizándolos. A mí, más que el encomiable acto de traspaso, me gustaba el olor del plástico y el aspecto aseado de un libro bien forrado, ese afán por el cuidado de las cosas, porque cuesta ganarlas y porque me sumo a Ovidio en eso de que los detalles hablan de los espíritus sensibles”.

  1. Diario

Los vendían hasta con llave y allí escribía yo cada día sensaciones, anhelos y por supuesto los chascarrillos. Sin saberlo, practicaba un buen remedio terapeútico como es escribir sobre la propia vida, sin las explicaciones y subterfugios que damos a los demás. La escritura permite el acceso a un tipo de emociones que el bucle del pensamiento racional, enmarañado por tanta información, no facilita. Ya lo dijo mi admirado Umbral, “la mejor manera de comprender la propia vida es escribiéndola”. De adolescente eran amores y desamores, y ahora las incertidumbres de aquella maldición china: “ojalá te toque vivir en tiempos interesantes”

  1. La bola del mundo

La conservo en lo alto de un armario, de vez en cuando la bajo y hago lo que de niño chico: la hago girar y la paro poniendo un dedo en un punto. Ahí me gustaría ir, me decía entonces, fuera Votogrado o Bután, y ahora lo repito, pero puede más en mí la sensación de infinito, de que soy apenas un punto, de que en este mismo segundo la vida se despliega en mil direcciones, de que somos estelas en el mar, monedas en el pozo de los deseos, pero también sé que viendo mi vieja bola del mundo girar, siento palpitar dentro de mí todas las latitudes, todos los hombres y mujeres que soy y no seré.

  1. Enfermo

Dice la gramática parda que una gripe se cura en una semana con medicinas o en siete días con remedios naturales. Antes se escogía la opción de siete días y oías a tu madre hacer bajar el tono del resto de habitantes de la casa para que el niño enfermo se fuera recuperando gracias a los zumos, los vahos de eucalipto y las horas de cama en la habitación bien calefactada. Ahora vamos puestos de antigripales al trabajo y no podemos permitirnos estar unos días en cama, pero si puedes hacerlo, nada como volver a la casa de tus padres y en tu cama de adolescente, sentir que alguien cuida de ti, que al otro lado de la puerta alguien vela por tu recuperación con un caldo o un vaso de leche con miel. Mientras, febril y medio dormido, sientes que ahí fuera el mundo sigue girando y espera que vuelvas, al fin y al cabo, John Ray dixit, las enfermedades son los intereses que pagas por los placeres.

  1. Puzzle

Los hay de 500, de 1.000 de 2.000 y así hasta el infinito. En mi infancia hubo bandazos de viento, descuidos paternos y hasta represalias de algún primo que deshacían el trabajo de paciente y miniaturista que era montar un puzzle: pero pese a los accidentes, finalmente ante tus ojos se desplegaba un paisaje sideral, una moto de 500 o un cuadro de Velázquez. Luego aprendí que la vida es un puzzle sin solucionar, en el que siempre faltan piezas, que montamos y desmontamos con desesperación y esperanza, pero ante la cual siento la misma fascinación que ante aquellos puzzles sin abrir en cuya caja veía la ilustración del resultado que contenía. Y cada nuevo año no es sino un puzzle de piezas conocidas y desconocidas a las que dar significado.

Ya me lo señaló un profesor en un seminario en los gloriosos días en que las empresas financiaban cursos de cuatro días en Segovia: “No es igual tener veinte años de experiencia, que un año repetido veinte veces”. 

Patxi es coach y supervisor del 'Programa de certificación en coaching ejecutivo' de EEC. Como experto en Sinergología, es formador del programa, 'Más allá del lenguaje' sobre comunicación no verbal.