En coaching y en la vida, qué difícil es no dar consejos y soluciones

Por Alfredo García-Castrillón
Director Académico de la EEC en Madrid

La mayor parte de mi vida laboral, (¡26 años de los 35 que tiene ya!) la pasé dando soluciones y consejos. Como ingeniero en áreas de tecnología, mi trabajo consistía en recibir problemas, analizarlos, buscar posibles soluciones, seleccionar una y llevarla a la práctica. A partir de una necesidad, debía diseñar un producto tecnológico que la satisficiera. En el mejor de los casos, las nuevas soluciones funcionaban a la primera y pasaba a otro problema. Si no era así, la búsqueda de soluciones continuaba hasta que, por fin, una funcionaba. Aplicaba la misma regla con las personas. Les daba consejos y les decía: yo sé qué es lo que tú tienes que hacer para resolver lo que te está pasando.

Cuando descubrí y me enamoré del coaching, y decidí formarme como coach, me dijeron mis profesores que el coach no da ni consejos ni soluciones. ¡Imposible! contesté yo. Cuando me dijeron que, además, el coach no juzgaba a su cliente mi incredulidad fue máxima. Un resquicio de confianza en mis profesores me permitió seguir en esta apasionante carrera, ¡menos mal! Sin embargo, mi capacidad para fluir en la no solución, en el no consejo, eran muy limitadas.

Cuando hacía mis prácticas como coach novato, todavía “me salían” consejos y soluciones, ¡tantos años de hábito no se cambian en poco tiempo! Y hubo un par de situaciones que me permitieron asentar esta competencia fundamental del coach y que consiste en creer al cien por cien que el cliente tiene las soluciones a sus retos, así como los consejos que precisa, en él mismo.

En una sesión de coaching con un cliente que era ingeniero como yo, que trabajaba en áreas tecnológicas como yo y que tenía problemas como los que yo había tenido, vi muy clara la solución a su reto y se la dije. Cierto es que disimulé un poco lanzando una pregunta que ocultaba la solución, del estilo “¿Qué te parecería probar esto y esto y esto?”. Lo genial fue su respuesta, una respuesta que caló en mí como un chaparrón de primavera: “¡Eso es una tontería!”

¡Cómo me quedé! ¡Qué le ocurrió a mi ego! Y descubrí que llevaba a mi ego conmigo durante la sesión, ignorando otra competencia del coach que todavía no tenía muy practicada, el egoless. Tardé un poco en recuperarme y poder seguir con la sesión. Al final, mi cliente encontró su propia solución y le sirvió.

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Aunque el aprendizaje fue enorme, no fue, todavía, completo. Recuerdo otra sesión posterior con otro ingeniero, en la que también se me ocurrió la respuesta al reto de mi cliente. ¡Dios mío, qué poder de inventar soluciones tenía! Sin embargo, con la enseñanza de la sesión anterior, apliqué una regla sencilla para que no saliera por mi boca, ni siquiera disfrazada de pregunta. Consiste en abrir la boca, sacar la lengua y cerrar la boca. ¡Sí, eso que imaginas! A esta técnica la llamamos “Morderse la lengua” y es muy, muy antigua. Y útil.

No di la solución, me la quedé. Es cierto que tenía muchas ganas de ponerla encima de la mesa, pero las palabras de mi otro cliente de coaching todavía resonaban en mi mente: “¡Eso es una tontería!”.

La sesión siguió y mi cliente encontró una solución que era muchísimo mejor que la que yo quería ofrecer. Y pensé, si se la hubiera dado y a mi cliente le hubiera servido (y no hubiera dicho que era una tontería), la habría tomado como válida. Entonces mi cliente habría perdido, gracias a mi ego y a mis ganas de ayudar, el montón de ventajas que tenía su solución sobre la mía, porque no hubiera trabajado más sobre el reto.

Con estas dos experiencias se afianzó la competencia en mí, la incorporé muy plenamente. Y al pensar en ella me doy cuenta de que tiene mucho que ver con el respeto a mi cliente: si yo le doy un consejo, una solución, es que creo que él no va a ser capaz de encontrarla por sí mismo. ¡Vaya falta de respeto!

Creo, y así lo muestro en las jornadas de formación que impartimos en la EEC, que cuando un coach conoce a su coachee lo primero que hace es creer en él, al cien por cien, más incluso de que lo que el coachee cree en sí mismo. Creo que es capaz, creo que tiene la respuesta, creo que tiene los consejos que necesita y no los ha encontrado. Y que, ahí está mi labor como coach: acompañarle en esa búsqueda de sus soluciones, sus propios consejos, hasta que los encuentre.

En cierta ocasión, Einstein le dijo a uno de sus alumnos: “Si A es el éxito en la vida, entonces A = X + Y + Z, donde X es trabajo, Y es placer y Z es mantener la boca cerrada”En una sesión de coaching A = X + Y + S, donde S es el silencio, más allá que “morderse la lengua” o “mantener la boca cerrada”. El coach está en silencio cuando no tiene nada que decir. Y no tiene nada que decir cuando lo que hay que decir tiene que ver con soluciones y consejos. En ese aspecto, el coach está siempre en silencio.

Y tú, como coach, y también como persona, ¿estás en silencio cuando escuchas? 

Si es bueno para el líder, ¿es bueno para la organización?

Por Juan Luis Ayuso, director de desarrollo de negocio corporativo en EEC y director de EEC Alumni.

Muchas veces nos planteamos si un objetivo determinado, si una acción o si una estrategia concreta es buena para la organización. Si se trata de cuestiones que van alineadas con la estrategia, con los objetivos y con los valores de la propia organización, daremos por supuesto que favorecen su supervivencia y desarrollo.

De esta forma y si es así, no hay nada que objetar. Si bien, debemos evitar caer en el riesgo de generalizar y sacar las tablas de la ley a cada paso para justificar tal o cual decisión. La ley está hecha para el hombre, y no el hombre para la ley.

La organización la componen personas y son ellas las que la mueven en un sentido o en otro. En la medida en que estas personas estén implicadas, motivadas, felices y aprendiendo decidirán implicarse con la organización.

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Capítulo especial tienen los líderes en las empresas, que son responsables entre otras cosas, del equipo humano que tienen a su cargo.

Un líder estará tanto más alineado con la organización cuanto más sienta que trabaja en un lugar donde merece la pena “habitar”, donde siente que se desarrolla su talento, que su criterio es tenido en cuenta y donde puede generar resultados sostenibles.

Por tanto, y para responder a la pregunta de si lo que es bueno para el líder es bueno para la organización, diría que un líder satisfecho tiene un efecto multiplicador en el organigrama hacia todos los lados.

Éste es un líder que ya se ha respondido y ha actuado en consecuencia al plantearse las siguientes cuestiones: ¿Estoy satisfecho en mi organización? ¿Cómo me gustaría estar? ¿Qué conversación me falta para lograrlo? ¿Con quién?

¿Cómo se siente y se mantiene uno en la magia?


Por David Mateo, alumno de BCO y coordinador del GICS.

El autor describe el cambio de observador y el proceso de transformación que se genera en él, con el coaching y con la sabiduría que su coach le traslada.

Quiero compartir un aprendizaje, quiero contar el cambio de observador con el que he logrado cambiar mis creencias nucleares, esas que permanecen casi toda la vida, esas que limitan y que tienen la peculiaridad de hacer desplegar mil herramientas de protección, esas que nunca abandonamos y por las que montamos un sistema de vida y un funcionamiento concreto para poder “sobrevivir” sin abandonarlas.

Durante mucho tiempo me etiqueté yo solito como el Superman de mi familia. Creía que yo era el que tenía que hacer y hacer, que era el fuerte y el que podía con todo. ¡Cómo me agarré a esa creencia! Nací un Superman y no podía permitirme expresar emociones negativas. Fui todo un experto en no hacer caso a las emociones negativas y mi energía se gastaba en las emociones positivas. Aprendí a vivir así y lo derivé a otros ámbitos de mi vida.

Con el tiempo y con el coach de la EEC Francisco Junquera, descubrí que “tenía que morir para volver a reinventarme”. Pero ¿cómo iba a morir yo, después de 40 años funcionando de una misma manera? Había aprendido a sobrevivir tan bien que no me lo iba a permitir fácilmente.

Y, sin embargo, descubrí algo de forma vivencial que me llevó a crear el siguiente código: Yo soy el que elije apartarme de la magia. La magia siempre está y yo me alejo cuando no soy capaz de activarme en modo aprendizaje, cuando no me pregunto ¿para qué me está pasando lo que me está pasando? y cuando me quedo enganchado con lo que me está sucediendo.

Para poder contaros mi vivencia, mi descubrimiento, debo compartir dos distinciones que utilizo. Una es la Magia: lo que se da cuando uno siente que está bebiendo de la fuente del conocimiento, de la sabiduría, de aquello que ocurre y no tiene una explicación muy racional; cuando simplemente ocurre lo que deseas en la forma que necesitas. La segunda es Terrenal: es aquello que nos ocurre en nuestro día a día, nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras relaciones…

En otras etapas de mi vida había llegado a estar enganchado a esa magia. Pero ya no obtenía nuevos resultados, había acabado haciendo las mismas cosas. Y sin embargo, ya sabía cómo crear una realidad distinta, sabía cómo generar la realidad que deseaba, ya tenía información de Dispenza y tenía los conocimientos que aprendía del coaching.

Leyendo a Dispenza se aprende que para generar una realidad distinta debemos seguir ciertos pasos: Sentir el deseo, desde las células, desde lo más profundo del ser; Vivir ese deseo como si ya hubiera ocurrido, con todo los detalles, recreando una escena real para conseguir vivirla; Y dar gracias a todo, a lo que yo llamo magia, por haberlo concedido.

Comprendía la teoría, la había experimentado, y la llegaba a utilizar como herramienta, pero dentro de mí sentía que hacía falta un giro de tuerca más. Era como la frase de Einstein que me inquietaba: “Experto no es aquel que sabe, sino el que lo llega a poner en práctica”.

Así es cómo descubro mi creencia nuclear, al Superman del que os hablé, y un cambio de observador me sitúa de nuevo en la magia. Durante un tiempo intento a hacer como Nadal, fijar acciones repetidas lo que me llevaron a estar ahí para no olvidar cómo entrar en este estado. Pero no soy capaz de conseguirlo. Una y mil cosas me vuelven a apartar de la magia, del conocimiento. El trabajo, la familia, mi creencia… Todos viajan conmigo, todos de la mano.

Y me convierto en el “observador del observador” y empiezo a averiguar, impulsado por ese cambio, lo que estaba ocurriendo. Y veo que nada más engancharme a la magia cierro proyectos de coaching y tengo nuevas ofertas, y que encuentro proyectos para otros. Vuelvo a ser el Superman que me había propuesto: tengo la creencia de que debo salvar a los demás, que necesito hacerlo para que me quieran y me acepten.

Topo con mi creencia y mi cuerpo me habla. Mi ser grita a modo de enfermedad y mi cuerpo me hace sufrir dos parálisis faciales. La parte izquierda y racional entra en conflicto con la parte derecha y emocional, se me cierra el ojo izquierdo y se me desvía la boca hacia un lado. Había algo que yo no era capaz de solucionar: no era capaz de ser, no era capaz de no situarme en el hacer.

No fui del todo consciente de esto, tenía los feedback que me daban, hasta una conversación con una gran y querida amiga, que me descubrió que estar en la magia es tomar lo que has pedido pero en la forma que necesitas para seguir creciendo.

Como dice mi coach: si buscas un resultado no te apegues a él, tú pide el qué y la vida te regalará el cómo. Y precisamente ese cómo es el que no puedo ni debo manejar. La magia me lo traía en la manera que yo necesitaba para crecer, era lo que necesitaba trabajar en mí para que se produjese esa evolución como ser humano. En el momento en que detecté esto, vi claramente qué era lo que yo seguía haciendo, qué era lo que la vida me estaba regalando para poder engancharme a este crecimiento.

“No te deseo suerte, te deseo ojos para que puedas leer las cosas que te vayan ocurriendo en la vida”, me dijo alguien en una fecha importantísima para mí. Hoy, esta frase tiene más sentido que nunca. Gracias a ella entendí que la vida nos regala la oportunidad de seguir y de crecer, aunque no de la forma que nosotros queremos, sino de la manera que estamos siendo, para poder realizar un camino más puro si cabe, más enganchado a esta magia.

¿Cómo podía yo instalar en mí un mecanismo para elegir la mejor manera de engancharme a la magia y no dejarme arrastrar por lo terrenal? Como respuesta, llegué a una conclusión que llamo Código: La fuente de conocimiento es inagotable. Soy yo quien elige acercarse o alejarse en función del modo de programación que tenga o sea capaz de describir. Si logro programarme en “aprender” de las cosas que me ocurren (y que me están ocurriendo para algo) no me quedaré enganchado a las cosas más terrenales que me sucedan.

Programarme en modo aprendizaje de las situaciones que vayan ocurriendo en el día a día, al conectar con lo más profundo de mí, solo con esto, ya me situaba en el “observador del observador”, el primer paso para engancharme a esta fuente de conocimiento.

Quiero seguir descubriendo y aprendiendo de algo que antes no era capaz de expresar con palabras, algo que dentro de mí me decía que existía. Gracias al coaching, a la magia y al sentido que le doy al conocimiento, ahora mi primer objetivo es: Aunque no quieras morir, muere para poder volver a ser.

 

David Mateo

¿Somos esclavos de nuestros genes?

Por Pedro Gómez, en su blog El astrolabio de Azarquiel 

Realmente, la pregunta sería la siguiente ¿nuestros genes nos condicionan o nos determinan? Ciertamente la pregunta tiene su intríngulis y es de enorme interés (siempre lo ha sido desde que la genética dejó su infancia y entró en una edad más madura). Es por eso por lo que este pasado fin de semana asistí a un estupendo curso titulado “La biología del cambio de observador” impartido por el químico y coach Francisco Javier Junquera.

Estructura del ADN en una célula eucariota (Fuente: Wikipedia , Autor: KES47)
 
De todos es conocido que un pensamiento negativo o una actitud no muy positiva con la vida, influye en nuestro estado de ánimo. Pero ahora mismo, la ciencia va un paso más allá. Existen poderosos indicios y ciertas evidencias de que nuestros pensamientos y nuestras creencias tienen un efecto directo (tanto positivo como negativo) sobre nuestra biología. Todos hemos escuchado alguna vez el caso de alguien que ha pasado algún trauma o una mala experiencia en la vida y al poco tiempo ha desarrollado una enfermedad o una dolencia (es lo que los psiquiatras llaman trastorno de somatización). Estas personas irán de un médico a otro sin parar, tratando de encontrar las causas de sus males, cuando el origen realmente es de su propia mente.

Todo esto nos lleva a una antigua polémica filosófica que tuvo su auge en el siglo XVII con los racionalistas. ¿Están el cuerpo y la mente unidos? ¿Son la misma cosa que se nos representan de distinta forma? En esta cuestión existían dos líneas de pensamiento: la de René Descartes, que separaba tajantemente el cuerpo del alma (incluso determinó que el alma residía en la glándula pineal del cerebro) y la de Baruch Spinoza, para el que ambos entes estaban íntimamente ligados y cada uno influía en el otro (en su célebre frase Deus sive Natura, identifica a Dios y a la Naturaleza como algo equivalente).
 

Retrato de René Descartes, por Frans Hals

 

La ciencia está demostrando que, en este caso, a pesar de la genialidad de Descartes, Spinoza tenía razón, como dice el neurólogo portugués António Damásio. Nuestras emociones trascienden y se expresan directamente en nuestra biología. Ahí tenemos, por ejemplo, la producción de endorfinas por un lado (esos opiáceos endógenos que de vez en cuando segrega la glándula pituitaria y el hipotálamo y que hace que nos sintamos en la gloria) o la de adrenalina y cortisol (esas hormonas que hacen que nos sintamos estresados y acelerados, y por tanto mal).

 

Retrato de Baruch Spinoza, de autor anónimo

 

Y con esto llegamos a un tema crucial y es que el entorno influye, no ya solo en la segregación endógena de ciertas sustancias, sino en la propia genética. Esto es lo que se estudia últimamente en la nueva disciplina llamada Epigenética. Las emociones, el estrés, la nutrición, la contaminación, etc., pueden modificar los genes sin alterar su configuración básica.


Si estos genes alterados de la línea somática (en una palabra, la mayoría de células de nuestro cuerpo) llegan, en un momento dado, a la línea germinal (nuestros gametos), podrían ser incluso transmitidos a nuestros futuros descendientes.
Esta última afirmación no está exenta de polémica, ya que no se han encontrado todavía las suficientes evidencias de que esto esté ocurriendo. Se trataría de un nuevo lamarckismo de cambios genéticos inducidos por el medio ambiente al que todavía sigue un tanto reacia la comunidad científica. Afortunadamente, la ciencia es algo que se escribe por capítulos y cada capítulo nuevo puede borrar o modificar el anterior.

Por tanto, el avance de la Epigenética es algo imparable. Ya hay estudios que indican que los achaques de un importante número de pacientes de cáncer se deben más a alteraciones epigéneticas que a genes defectuosos heredados de sus ancestros.

Entre los factores epigenéticos más poderosos se encuentra la energía de nuestros pensamientos, la cual puede activar o inhibir la producción de proteínas mediante interferencia constructiva o destructiva del ADN (por ejemplo mediante un proceso bioquímico sobre la citosina llamado metilación, que puede hacer que ciertos genes no se expresen o lo hagan de otra forma). Atentos todos a lo que he dicho: la energía de nuestros pensamientos. He aquí el punto clave de la cuestión. ¡¡¡ Nuestros propios pensamientos pueden cambiar la expresión de nuestros genes y esto tiene un efecto directo sobre nuestro cuerpo ¡¡¡

Estructura tridimensional de la doble hélice del ADN (Fuente: Wikipedia, Autor: Richard Wheeler) 

 

Según lo dicho ¿podemos cambiar entonces nuestra biología con nuestros pensamientos? La respuesta es un SI rotundo. Respondiendo a la pregunta del principio, nuestros genes nos condicionan pero no nos determinan. Tenemos un cierto control y eso significa libertad de elección. Podemos elegir estar mejor, tanto anímica como físicamente, cambiando nuestro punto de vista de lo que nos preocupa. Está en nuestras manos.

Esto es lo que lo que significa la Biología del cambio de observador. Estamos ante un nuevo paradigma científico complementario a la medicina tradicional (la cual debe seguir existiendo, por supuesto), y al que se van uniendo cada vez más científicos sensibles con el problema.

 

Asistentes al curso de Biología del cambio de observador, con Kiko Junquera

 

Para el filósofo y bioquímico Ken Wilber, se trataría de respetar lo que él llama Gran Cadena del Ser (Materia – Cuerpo – Mente – Alma y Espíritu). Parafraseándole, es preciso darse cuenta de que “es importante utilizar un procedimiento congruente con el mismo nivel en el que el problema se manifiesta“. Y esto lo saben muy bien los coaches que se dedican al tema de salud: se centran en la persona y no en la enfermedad.a

[Gracias Pedro Gómez por compartir con nosotros tu post del blog El astrolabio de Azarquiel.]
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¿Cómo mejorar la autoestima con coaching?

Por Mar Carrascosa, directora académica EEC Madrid

-Te juzgarás a ti mismo – le respondió el Rey.
-Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio”.
‘El principito’, Antoine de Saint-Exupéry

 

La autoestima se define comúnmente como el sentimiento de aceptación y aprecio hacia uno mismo, que va unido al sentimiento de competencia y valía personal. Es la valoración que hacemos de nosotros mismos sobre la base de las sensaciones y experiencias que hemos ido incorporando a lo largo de la vida y de esto dependen en gran parte el desarrollo de nuestro potencial y nuestros logros.

Otra definición es la del psicoterapeuta Nathaniel Branden, que me gusta especialmente porque amplía la simple idea de “sentirse bien con uno mismo” y conecta con varias distinciones que trabajamos los coaches: “Autoestima es confiar en nuestra habilidad para pensar, confiar en nuestra habilidad para enfrentarnos a los desafíos básicos de la vida y confiar en nuestro derecho a tener éxito y ser feliz. Sentirse digno, merecedor, con derecho a expresar nuestras necesidades y deseos, alcanzar nuestros valores y disfrutar de los frutos del esfuerzo”. 

Por tanto, desarrollar la autoestima es desarrollar la convicción o creencia de que soy competente para vivir y digno de ser feliz y equivale a enfrentar la vida con mayor confianza y optimismo, lo que nos ayuda a alcanzar nuestras metas y experimentar la plenitud. Se trata de ampliar nuestra capacidad de ser feliz.

Es algo con lo que nos encontramos frecuentemente como objetivo o declaración de nuestros clientes de coaching: “me gustaría sentirme bien conmigo mismo, me gustaría expresar lo que siento… quiero ser más feliz”. Como coaches, ¿por dónde empezamos? ¿qué indicadores tenemos para mirar si esta persona tiene una buena autoestima?

Podemos resumir que una persona con autoestima siente paz interior y se expresa acorde con esta emoción, es capaz de establecer metas profesionales y personales y las alcanza, entabla relaciones armoniosas y equilibradas, desarrolla la amistad, se expresa creativamente, acepta todos los sentimientos y emociones como valiosos, es tolerante y comprensivo, habla y se comporta con optimismo, etc…

Las personas con baja autoestima se anticipan a resultados negativos, proponen objetivos no realistas, establecen relaciones competitivas, tienden a compararse con los demás todo el tiempo, acusan a los otros de lo que le pasa, no dicen lo que sienten, hacen que los demás se sientan culpables, su lenguaje y manera de actuar es pesimista.

Otro indicador de baja autoestima (aunque parezca lo contrario) es el egocentrismo: estas personas se compensan emocionalmente, mostrándose orgullosas y soberbias. Se escuchan poco, niegan sus propias necesidades, no piden ayuda, pero son los primeros en ofrecerla, y se ven legitimados para tener la verdad absoluta y dar consejos sin que se los pidan. Y por tanto proyectan esa imagen de arrogancia, de ser perfectos y todopoderosos.

Una vez que hemos observado algunos indicadores que apuntan a esta baja autoestima, ¿qué podemos hacer?, ¿cómo trabajamos con nuestros clientes de coaching?

Sabemos que actuamos en función de nuestros juicios y creencias, generando en el interior de nuestro ser una manera de actuar y de interpretar. Y también sabemos que para cambiar una creencia, debemos practicar.

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Alguna de estas prácticas repetitivas para poder cambiar creencias :

1. Vivir conscientemente
2. Asumir la responsabilidad al 100%
3. La autoafirmación
4. Vivir con propósito
5. La integridad personal:
6. La Compasión hacia uno mismo

En detalle, éstas prácticas para desarrollar la autoestima consisten en:

1. La práctica de vivir conscientemente. Es respetar la realidad sin evadirse o negarla, estar presente en lo que hacemos mientras lo hacemos. También tomar consciencia de los logros o éxitos, “observar lo bueno” que tuvimos en el pasado para tener nuevos éxitos en el futuro. Aprender a mirar lo positivo implica también practicar un lenguaje acorde con este pensamiento. Todos tenemos algo bueno de lo cual podemos sentirnos orgullosos; debemos apreciarlo y ponerlo en nuestras conversaciones.

2. La práctica de asumir la responsabilidad al 100% . Reconocer que somos los autores y protagonistas de nuestras decisiones y nuestras acciones,  de realizar nuestros deseos,  de elegir de nuestras relaciones, de cómo tratamos a los demás y a nosotros mismos. En definitiva, de nuestra felicidad.

3. La práctica de la autoafirmación. Respetar nuestros deseos y necesidades y buscar la manera de expresarlos. Tratarnos a nosotros mismos con dignidad en nuestras relaciones con los demás. Ser AUTÉNTICOS y defender nuestras convicciones, valores y sentimientos. Es comunicarnos asertivamente: aprender a decir No, no sé… ser coherente con lo que pensamos.

4. La práctica de vivir con propósito. Significa identificar nuestras metas y llevar a cabo las acciones que nos permitan alcanzarlas y mantenernos firmes hasta llegar a ellas.

Nuestras metas y propósitos son los que organizan y centran nuestras energías, y le dan significado y estructura a nuestra existencia: cuando no tengo propósitos, estoy a merced de mis propios impulsos o de las acciones incontrolables de los demás. Para vivir mi vida con propósitos conscientes tengo que hacerme responsable de mis propias metas, es decir, necesito un PLAN DE ACCIÓN y éste necesita de objetivos claros, disciplina, esfuerzo, orden, constancia y coraje para no desviarme del proyecto de vida o visión. Por último, este proyecto de vida implica sentirse una oferta, ¿en qué medida soy valioso para mí y para mi entorno?, e imaginar lo que quieres y no sólo lo que temes. 

5. La práctica de la integridad personal. Implica tener principios de conducta a los que mantenernos fieles, ser congruentes con lo que pensamos, decimos y actuamos; respetar nuestros compromisos y mantener nuestras promesas.

Cuando respondo a lo anterior, se produce en mi interior un resultado más importante que la aprobación de los demás. Es la aprobación de mí mismo y siento que soy una persona en quien se puede confiar (en mis capacidades y en mis opiniones). La autoestima no se centra en valores externos que cambian y pasan de moda. Necesitamos principios, lemas de vida que no cambien, universales, como la honestidad, libertad, congruencia, creatividad, gratitud, respeto…

6. La práctica de la Compasión hacia uno mismo:

  • Con COMPRENSIÓN: comprender a los demás y a mí mismo, sin juzgar.
  • Con ACEPTACIÓN: no “aprobar” ni “desaprobar” nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Aceptar que, con nuestras cualidades y defectos, somos, ante todo, personas importantes y valiosas.
  • Con PERDÓN: significa aceptar lo pasado como pasado, reafirmar el respeto a mí mismo en el presente y anticipar o diseñar un futuro mejor.

Sabemos que hemos trabajado bien la autoestima cuando escuchamos de nuestros clientes de coaching frases como “me siento bien conmigo mismo; siento que estoy al mando de mi vida; me siento más  flexible, creativo e ingenioso; ahora sí disfruto con los desafíos que la vida me presenta; me siento con poder y ahora sé cómo hacer para que sucedan cosas que yo quiero”.

En definitiva, la mejora de la autoestima es trabajar una de las ambiciones más profundas y poderosas de cualquier ser humano, la capacidad de amar y ser amado.

 

¿Cómo se da cuenta un equipo de sus hábitos limitantes?

Por Silvia Guarnieri, socia fundadora de la EEC y Master Certified Coach por ICF

  • Un pez que lleva toda la vida en el agua, ¿cómo descubre su entorno?
  • ¿Cómo se da cuenta un equipo de que sus conversaciones o sus hábitos les auto-limitan?

En ocasiones, tanto los equipos como sus líderes, descubren dónde se encuentran, cómo se comportan o cómo se alinean sus comportamientos con los resultados que quieren conseguir en el momento en que reciben el acompañamiento de un Coach de Equipo. Una figura externa que no se involucra en el entramado del equipo, que observa, pregunta y da feedback para que, a través del cambio o del refuerzo de los comportamientos, el equipo logre mejorar sus resultados.

La finalidad del Coach de Equipo es acompañar en el desarrollo del rendimiento colectivo, de manera que el resultado del conjunto sea superior con creces a la suma de las partes.

El líder-coach de equipo observa para impulsar a los equipos de trabajo, para que logren crecer y convertirse en equipos de alto rendimiento. Este líder-coach asiste en la exploración, la definición y la optimización de sus procesos y sus modos de operar. Su objetivo es identificar qué limita el desarrollo y, después, poner en marcha una transformación para optimizar la manera en que el equipo coordina acciones y logra resultados.

Entre las habilidades del líder-coach de equipo está la de no abandonar su posición: ayudar a la reflexión colectiva sin involucrarse en el tejido de relaciones, sin tomar el control. “Es el equipo el que dirige su propio aprendizaje, manteniendo en todo momento el control de sus objetivos, de sus métodos y de su forma de operar”, como dice Luis Carchak, senior coach de la EEC y Master Certified Coach por la International Coach Federation.

El coach ayuda a la reflexión estratégica entrenando la fluidez del diálogo. Su presencia en todo momento simula la de un espejo. Un espejo que muestra los reglas de juego del equipo: aquellas que son productivas para el resultado deseado y las que no.

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Cuestión de peticiones y ofertas. Una organización exitosa es, desde el prisma del coaching ejecutivo que manejamos en la EEC, una red de peticiones y de ofertas satisfechas. Por tanto, el tamaño del resultado de un equipo depende del tamaño de sus peticiones y ofertas. Dicho en palabras de Luis Carchak, “si una organización hacen pedidos pequeños y ofertas pequeñas, tendrán pequeñas promesas y el resultado será, seguramente, una organización mediocre. Por el contrario, grandes líderes hacen grandes peticiones y ofertas y, además, asumen retos desafiantes”.

De ahí, que para nosotros en la EEC siempre es interesante realizar coaching, también, a los Comités de Dirección. Cuando el coaching de equipos se realiza en un nivel alto, por ejemplo en un comité de dirección, las consecuencias de este trabajo suelen tener una profunda influencia sobre la empresa en su conjunto y sobre la forma en que ésta se relaciona con su entorno. El equipo de dirección asume el impacto en la transformación cultural en la forma en que la empresa realiza toda su gestión.

Las habilidades, capacidades o competencias del Coach de Equipo pueden ser útiles para todas aquellas personas que dirigen o llevan equipos, además de por supuesto para aquellos coaches profesionales en ejercicio que quieran mejorar sus capacidades.  En los entrenamientos cada participante ejercita el rol de Coach de un Equipo y contribuye a mejorar su desarrollo y sus resultados.

Nuestras palancas personales salen de las fortalezas

Por Sandra Díaz Leonardo, coach y formadora en la EEC. Ponente en Inspiration Day, de Wowenalia.

Liderazgo Consciente implica que uno conoce y tiene claras sus palancas. Por ello, el autoconocimiento es una base sobre la que construir nuestro desarrollo. No significa que la propia referencia sea el único pilar; debemos completar esta “visión personal” con las fuentes de información que el entorno nos ofrece.

Ocurre con frecuencia que nos apoyamos más en el feedback que en nuestra reflexión sobre lo que dichas opiniones significan.

¿Cuánto me conozco? ¿Qué se me da bien? ¿Cómo puedo avanzar en lo que podría faltarme para conseguir lo que quiero, apoyándome en lo que ya tengo?

Liderazgo personal y coaching

Este “liderazgo personal” implica, desde mi experiencia:

  • Conectar con uno mismo: mis deseos, mis metas, mis valores. Y legitimarlos.
  • Recuperar lo que se me da bien. ¿Lo estoy aplicando? ¿En qué situaciones no lo estoy haciendo? ¿Cómo estoy mirando esas situaciones -esas creencias- para no poder mostrar lo que creo que es una de mis fortalezas?
  • Identificar mis prioridades de desarrollo… Uno de los criterios para dar orden a esas áreas sería: ¿me apoyo en lo mejor -punto fuerte- para conseguir lo mejorable -area de mejora?
  • Conectar con nuestras emociones, indiscutibles motores de la acción: ¿cuáles tengo?, ¿me frenan o me impulsan?, ¿cuáles necesito?
  • Poner foco en pequeños cambios, cada día, y en diferentes entornos.
  • Valorar los avances, pidiendo feedback y, de nuevo, conectando con mis deseos y valores.

Y estas prácticas, que hemos planteado desde el liderazgo personal, tienen un papel protagonista en el desarrollo de las personas de nuestros equipos. Crear espacios para la reflexión, la conversación y la apertura, dando apoyo a las personas en las acciones que hemos citado anteriormente, nos hará más líderes, y a nuestros equipos, “más conscientes” responsables y comprometidos con su desarrollo profesional.

“La mirada del líder consciente se fija en lo que tiene, no sólo, y siempre, en lo que falta”

Enlace relacionado: Las mujeres se suman al Liderazgo Consciente que defiende la EEC 

 

Al aceptarme y quererme siento que mis porquerías se escapan

Discurso de Ignacio, alumno de la EEC, durante la ceremonia de graduación del Programa de Certificación en Coaching Ejecutivo.

Es curioso, estoy aquí, delante de mi ordenador, escribiendo estas palabras que os leeré el día 22 de mayo. Y también estoy aquí hoy, 22 de mayo, delante de vosotros, leyendo en voz alta estas palabras. Este estar en dos sitios da que pensar. El Ignacio del presente-presente y el Ignacio del presente-pasado, unidos a través de este texto, este agujero espacio temporal que une dos momentos y dos lugares.

Mientras lo escribo me pregunto ¿seré la misma persona, el mismo Ignacio, cuando lo lea? ¿Habré cambiado? Y pienso que sí, que claro que habré cambiado. Entonces ¿qué sentido tiene escribir estas líneas, éstas que ahora os estoy leyendo?

Tener un discurso escrito es una forma de controlar la situación, sin duda, pero también una forma de traeros al Ignacio del pasado aquí, al presente, como un testimonio de transformación.

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Háblanos Ignacio del pasado ¿de dónde vienes y dónde estás?

Hola, soy el Ignacio del pasado, el que escribe delante de su ordenador, hablando por la boca del Ignacio del presente, el que os recita aquí, delante vuestro. Hace un año estaba lleno de miedo, lleno de ira e inseguridad. Lleno de sufrimiento. Sentía pena por mí y rabia, y me castigaba por ello, preso de los juicios que yo proyectaba que los demás hacían de mí.

Me decía: “ser coach quizás sería una forma de lograr la admiración de los otros, de lograr su agradecimiento, de sentirme por encima y alimentar el pozo sin fondo de mi ego”. Me decía: “mundo, decidme que soy bueno, decidme que soy listo, hace rato que no habláis de mi inteligencia ¿pensáis que soy tonto?”.

Me decía “mierda, ese de ahí es muy listo”, “mierda, que mal lo hago, que nadie se entere, pero no, ya me han calado, seguro que sienten pena por mí, seguro que se compadecen. NO QUIERO QUE NADIE SIENTA PENA POR MÍ, me odio solo de imaginármelo. Me odio, no me quiero”. Todo esto me decía.

Y lo de las emociones… de eso también hemos hablado mucho, lo que me ha estado costando la empatía, la gestión y la comprensión (que no el entendimiento) de las emociones del otro y de mí mismo. Me decía “entiende, entiende, entiende las cosas, céntrate en entenderlas. No pierdas el tiempo con otras cosas ¿Qué es sentir si no es entender? No lo entiendo”.

Hoy, fíjate qué cosas, aquí y ahora, sentado delante del ordenador pienso, ¿será este texto lo suficientemente ingenioso como para que la gente piense que soy muy listo? ¿Demostrará a los otros mi progresión? ¿Dirán “jo, Ignacio ha avanzado tanto”? Me digo “Ojalá llore mientras lo leo para demostrarlo”. Me digo “¿borro este último párrafo que me perjudica?”

Como veis, no he cambiado tanto, sigo con mis cosas, mis porquerías y, sin embargo, me siento bien, hoy me siento feliz. Digamos que antes había cosas maravillosas en mí, pero también horribles, y me odiaba. Hoy, mientras escribo, hay cosas maravillosas en mí, pero también horribles, y me quiero.

Y esa es la diferencia. Y al quererme y aceptarme puedo aceptaros y quereros.

Y al aceptarme y quererme, puedo sentir que esas cosas horribles, ese agua negra y estancada desde hace tanto tiempo empieza a correr, poco a poco, muy poco a poco, al haber encontrado en la roca una grieta fina, muy fina, por la que escaparse y unirse a algún río y liberarse. Ésta es la diferencia, ésto es lo que ha cambiado. Nada más y nada menos.

Y hoy, Ignacio del presente, te lo pregunto a ti, sí, al que está leyendo el texto delante de tus compañeros ¿Dónde estás? Ya se acaban las palabras escritas, ya no puedes agarrarte al papel. ¿Nos lo cuentas?

“Partido a partido” y las creencias del ‘cholismo’

Por Fernando Vargas, director de proyectos en EEC Madrid

Desde hace unos meses, es difícil encontrar a alguien en España, e incluso más allá de nuestras fronteras, sea o no aficionado al fútbol, que no haya oído e incluso no haya participado en algún debate informal acerca del Atlético de Madrid y la temporada tan sorprendente 2013-2014 que está realizando.

Entre los entendidos, parece haber consenso en que una de las claves del alto nivel de rendimiento que está siendo capaz de sostener este equipo es su entrenador, el ‘Cholo’ Simeone.

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Analizando el ‘cholismo” desde la mirada del coaching, podemos identificar algunos aspectos relevantes que aparecen en su manera de liderar al equipo, de entre las cuales quiero destacar una: El uso de “frases” que se han ido transformando en creencias compartidas y asumidas por sus jugadores y desde las cuales han aparecido nuevas formas exitosas de actuar en equipo.

“Partido a partido” se ha convertido en algo más que en una frase sacada del contexto de una rueda de prensa. Esta frase es un auténtico slogan que define la filosofía y la mentalidad que el Cholo ha trasladado a su equipo. Lo que empezó siendo una frase del Cholo, hoy en día es la frase de todos los atléticos; jugadores, técnicos e incluso aficionados.

Detrás de esta frase, se esconde la creencia de que “los resultados son la consecuencia del proceso” y de que “un largo camino se recorre paso a paso”. Esta creencia se ha instaurado en la mente de los atléticos con tanta fuerza que ha sido capaz de desplazar a otras mucho más autolimitantes que también eran anteriormente asumidas y compartidas por la generalidad de colchoneros como “el atleti es el pupas” y que hoy en día se recuerdan como del pasado lejano o de una identidad anterior, que ya no se corresponde con la realidad.

Una creencia es más poderosa en la medida en que permite encontrar nuevas posibilidades de acción en el mundo de un modo más eficaz. Por tanto, ¿qué nuevas posibilidades ha abierto esta creencia?

Esta frase declara el próximo partido como lo más importante que el equipo tiene por delante y, por tanto, permite poner el foco de atención y alinear el compromiso de todos los integrantes del sistema en hacer todo lo que esté en su mano para superar con éxito el reto del siguiente partido, delegando desde la plena confianza en su líder todo lo que tenga que ver con futuros partidos del campeonato.

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Toda la energía se enfoca pues en el aquí y el ahora. El resultado es que parece que el equipo juega cada partido dándolo todo y entregando todo su esfuerzo y compromiso en los 90 minutos que dura el mismo. “Juega cada partido como si fuera el último”, es otra de sus frases.

Pensamiento, emoción y acción se alinean cada tarde de fútbol en los jugadores rojiblancos al servicio del resultado del equipo. En la última fase del campeonato han elegido sustituir la frase por “Final a final”, más poderosa aún, declarando cada partido como una final para intensificar aún más el valor interpretativo del partido, generando mayor intensidad emocional que potencie aún más, si cabe, las acciones de los jugadores. No podemos olvidar que en la memoria histórica del colectivo colchonero, pervive la creencia de que las “finales no se juegan, se ganan”, por lo que esta nueva versión del eslogan no parece casual y sí muy intencional.

Otras frases del Cholo que han permitido generar una nueva interpretación de la realidad, construyendo una visión ganadora y luchadora del equipo han sido: “El esfuerzo es la magia que transforma los éxitos en realidad” o “sólo en el diccionario, éxito está antes que trabajo” (aunque esta frase él mismo reconoce que no es suya sino de un amigo), o “no ganan siempre los buenos, ganan los que luchan”. Y así todo un compendio de creencias que el equipo ha hecho suyas y que les ha permitido alcanzar resultados extraordinarios. ¿Dónde estará el límite de este equipo?

¿Amamos a nuestros clientes de coaching?

Por Carmen Mellina, Directora de EEC Zona Norte

“Ama y haz lo que quieras”, San Agustín de Hipona

Tal vez Gonzalo Bolland tenga razón y sea el amor la última utopía que nos quede en este mundo un tanto desbaratado del Siglo XXI. Él me hizo recordar mi Bachillerato al traer a la conversación la cita que encabeza esta entrada. Posteriormente, he tropezado con ella en más ocasiones, como si la sincronicidad quisiera que reflexionara sobre el amor.

Hace unas semanas en la presentación de su libro El Cociente Agallas en Bilbao, Mario Alonso Puig para contestar una pregunta del público, recurría al amor como clave para comprender. En ese momento recuerdo que volví a mi adolescencia (mentalmente claro) y a las clases de filosofía de mi Bachillerato. ¿De nuevo la sincronicidad? Y recordé a Platón y recordé también un libro de André Comte-Sponville, Pequeño tratado de las grandes virtudes.

En este libro André Conte-Sponville glosa y reflexiona sobre las virtudes que nos ayudan a entendernos como especie, desde el campo de la filosofía y como objeto de la filosofía, una contribución a saber cómo lograr amar la vida. Comienza reflexionando sobre la urbanidad, que no es una virtud a su entender pero sí es necesaria para la aparición de las virtudes, y después de pasar por las que él califica como tales llega al capítulo dedicado al amor, que no es una virtud, pues el amor está más allá de las virtudes.

Entiendo que el amor es el destino final, completo este capítulo con otra lectura, Las más bellas reflexiones sobre la vida, también de Comte-Sponville, y concluyo que el amor es el objetivo, que el amor es el “para qué” de nuestra existencia, es hacia donde debemos tender y tal vez, ¿por qué no decirlo? la herramienta principal del coach. 

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El amor nos permite situarnos en la aceptación total del otro como legítimo otro, desde esa aceptación plena que me permite sentir mis juicios y manejarlos al servicio del otro, que me permite  el acompañamiento en el camino que decida el cliente de coaching, que me permite practicar Egoless (la gran distinción utópica del coach).

¿Cómo suena decirle al coachee “te amo”? No parece muy adecuado ni que se vaya a entender. ¿De qué tipo de amor estamos hablando? Y aquí debemos recurrir a los griegos y como ellos diferenciar, o deberíamos decir distinguir, Eros de Phillia. Esta distinción es accesible, fácilmente entendible e identificable en nuestras vidas.

Eros es el término dedicado al amor carnal, el amor dominado por la atracción física y Phillia es el amor que surge de las afinidades, de las filiaciones y es el término para expresar lo que sentimos por nuestros amigos. No sentimos Phillia por nuestros semejantes, ya que entre ellos hay quien no nos produce simpatía por no ser afines en gustos, ideas o aficiones. Al contrario, algunos de nuestros semejantes nos resultan profundamente antipáticos por no encontrar nada afín con ellos.

El tercer tipo de amor es el más interesante para el coaching, es el denominado Ágape, que hace referencia al amor universal. Está claro que por un dios no podemos sentir  un amor Eros o un amor Phillia. No sentimos atracción sexual por los dioses, ni somos sus amigos, sus iguales. Así que los traductores de la Biblia al griego tuvieron que encontrar otro término que resultó ser Ágape, para designar un amor universal, un amor hacia el prójimo, hacia los individuos de nuestra especie más allá de atracciones sexuales o afinidades compartidas.

Ágape es el amor empático, que conoce y comprende la naturaleza del otro, el amor que no se basa en la falta, en la carencia, es un amor que no espera recibir. ¿Amamos o no amamos a nuestros clientes de coaching?

Y ahora sí, vuelvo a San Agustín y a que toda acción que tiene su raíz en el amor será adecuada al fin.